Puse en mi altar el rostro de mis difuntos.
Esas personas que por años me quisieron,
me dieron todo y me regalaron sueños
sin esperar nada a cambio.
Antes tuve que comprar lo que a ellos
en vida les gustaban; libros de poesía,
cigarros, alcohol, amor, frutas de deseo,
anhelos de medio día, besos de noches.
Ordené todo, antes de poner mi altar;
barrí la casa, lavé la ropa, escoré todo
lo desordenado y por último bañé al perro.
Cuando terminé todo, ahora sí puse la comida:
Pan de muerto con cenizas de olvido,
píib de melancolía y tristeza,
dulces de lejanía y soledad,
chocolate de lágrimas y agua bendita
de las mejillas de mi madre.
Luego coloqué las velas para iluminar
la cena, puse dos en la puerta de mi casa
para que los difuntos sepan que
aquí hay comida y agua,
también para que puedan descansar.
Unas horas después las almas llegaron;
se sentaron junto a la mesa, se sirvieron
la comida y bebieron del agua y el chocolate.
Comían alegres, sin pena, sin timidez,
convivían entre ellos y cuando estuvieron
a punto de terminar uno de ellos se levantó
de su asiento y dijo unas palabras:
Por los vivos,
por los que volvieron,
por los que se van.
Por esas almas que caminan en el inframundo,
que conviven con el pecado
y sufren su victoria.
Para aquellos que se amaron
con locura y desenfreno,
y los que en su dolor
fueron refugio
de las mariposas
que iba migrando
en busca de un hogar.
Levantó su jícara y brindó, todos
hicieron lo mismo
y cuando levanté mi rostro la única foto
que veía en el altar era la mía.