Todo comenzó una fría mañana en la mansión de los Strawson, cuando Ruth, la esposa del alcalde de Slavia, advirtió que su rostro había desaparecido del espejo. La casona medieval, heredada por generaciones, se ensombreció de repente: como si la belleza fuera una maldición y los espejos de toda la casa conjuraran contra ella.
Abrieron los ventanales, encendieron las lámparas y el sacerdote intentó exorcizar los espejos con agua bendita y letanías. Nada funcionó: el reflejo de Ruth seguía ausente, convertido en sombra indescifrable.
El alcalde, abatido por la tragedia, decretó la prohibición absoluta de los espejos en la ciudad. Quien osara conservar uno sería condenado a prisión perpetua, como si la imagen fuera un crimen contra el orden. Un consejero advirtió: “El agua también refleja”. Entonces el alcalde ordenó drenar lagos, ríos y charcas. Cada lluvia era combatida por ejércitos de obreros que dispersaban los charcos con fuego y arena. Todo aquello que pudiera devolver una imagen quedaba prohibido.
Al principio hubo confusión. La Asociación de Imagen y Apariencias protestó, el Gremio del Botox se declaró en huelga y barberos y estilistas marcharon por las calles con tijeras en alto. Nada hizo cambiar de idea al alcalde, decidido a aliviar la pena de su esposa.
El pueblo debió reinventarse. Los primeros días abundaron cabellos despeinados, labios extraviados, ojos delineados como máscaras surrealistas. Hasta los peluquines parecían criaturas desorientadas. Fue entonces cuando surgió la idea radical: adoptar un rostro ajeno, reconocerse en otro.
Los barberos cambiaron los espejos por sillas enfrentadas. El cliente se sentaba frente a su “rostro elegido”, y era ese otro quien dictaminaba cuándo el trabajo estaba concluido. Así ocurrió en cada oficio: cada habitante cuidaba un rostro que no era suyo y lo embellecía como si fuera propio.
El tiempo pasó. Los habitantes de Slavia dejaron de recordar cómo era su verdadero rostro. Ruth, en silencio, caminaba por la mansión con la certeza de que su ausencia había fundado una nueva ciudad. Nadie sabía ya quién era quién. Los retratos se volvieron inútiles, los documentos oficiales se llenaron de nombres sin imágenes y los niños crecían sin saber si el rostro que llevaban era suyo o el de alguien más.
Una tarde, luego de una lluvia inesperada, un niño se inclinó sobre un charco que los obreros habían olvidado dispersar. Miró dentro y vio su reflejo intacto. Nadie más lo reconoció, pero él supo que era real. Ese instante bastó para que el pueblo entendiera que la prohibición no había borrado los rostros, solo la memoria de ellos. Y en el silencio que siguió, Slavia descubrió que la verdadera maldición no era la ausencia de imagen, sino el miedo a reconocerse en ella.
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Autor:
Espantapájaros (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 30 de junio de 2026 a las 12:54
- Comentario del autor sobre el poema: Es una parábola sobre cómo el miedo y las prohibiciones pueden deformar la identidad de una comunidad, y cómo la memoria —más que la imagen— sostiene quiénes somos.
- Categoría: Cuento
- Lecturas: 4
- Usuarios favoritos de este poema: racsonando
- En colecciones: Existenciales y filosóficos.

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