A VECES BASTA RECORDAR
Nací cuando el siglo veinte todavía creía
que el tiempo caminaba despacio.
Mil novecientos sesenta y tres.
No era una fecha.
Era una puerta.
El mundo desbordaba los brazos
de un recién nacido,
y yo todavía no sabía
que los años tienen la costumbre
de doblar las esquinas.
Fui un muchacho de pies descalzos.
No porque me faltaran zapatos.
Sino porque la tierra
tenía algo que decirme.
Las piedras me enseñaron
a mirar dónde ponía los pasos.
Los charcos
me devolvían un rostro
que aún no conocía
la palabra cansancio.
Los árboles…
ellos nunca hablaban.
Pero parecían saber
que el tiempo
era un asunto
de los adultos.
Llegué a San José
con apenas seis años.
En un bolsillo llevaba
dos canicas.
En el otro,
un asombro
que todavía no aprendía a terminarse.
La ciudad respiraba distinto.
Los buses parecían animales enormes
que conocían de memoria
el camino de todos.
Las aceras guardaban grietas
donde cabían
las aventuras más pequeñas.
Y qué curioso…
uno podía perderse
sin sentirse perdido.
Con los años
aprendí el idioma de la lluvia.
Supe que las montañas
también protegen.
Que diciembre
entra por las ventanas
antes que por el calendario.
Vi cerrar negocios
que juré eternos.
Vi desaparecer personas
que pensé
que nunca se irían.
Y un día comprendí
que las fotografías
empiezan a hablar
cuando las voces
ya no pueden hacerlo.
Desde entonces…
el niño que fui
camina unos pasos
delante de mí.
Nunca vuelve la cabeza.
Tal vez porque sabe
que si uno mira demasiado hacia atrás,
corre el riesgo
de dejar de avanzar.
A veces quisiera alcanzarlo.
Preguntarle
cómo hacía
para confiar tanto
en el siguiente amanecer.
Pero él sigue caminando.
Y yo…
yo sigo aprendiendo.
Los periódicos envejecieron.
Las monedas cambiaron de rostro.
Las palabras
aprendieron otros acentos.
Y, sin embargo,
de vez en cuando,
una tarde cualquiera…
el olor de una calle…
la lluvia sobre una ventana…
o el ruido lejano
de un autobús…
me devuelven
al mismo niño
que llegó una vez
sin saber
que también estaba llegando
al hombre
que todavía intenta comprender.
Por eso…
a veces basta recordar.
No para volver.
No para corregir la historia.
Basta recordar…
para descubrir
que hay caminos
que nunca dejamos.
Porque, aunque nuestros pasos
ya no estén sobre ellos,
ellos…
siguen caminando
dentro de nosotros.
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Autor:
Wii (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 30 de junio de 2026 a las 00:05
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 5
- Usuarios favoritos de este poema: Tommy Duque

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