William Logan

A Veces Basta Recordar

A VECES BASTA RECORDAR

 

 

 

Nací cuando el siglo veinte todavía creía

que el tiempo caminaba despacio.

Mil novecientos sesenta y tres.

No era una fecha.

Era una puerta.

El mundo desbordaba los brazos

de un recién nacido,

y yo todavía no sabía

que los años tienen la costumbre

de doblar las esquinas.

Fui un muchacho de pies descalzos.

No porque me faltaran zapatos.

Sino porque la tierra

tenía algo que decirme.

Las piedras me enseñaron

a mirar dónde ponía los pasos.

Los charcos

me devolvían un rostro

que aún no conocía

la palabra cansancio.

Los árboles…

ellos nunca hablaban.

Pero parecían saber

que el tiempo

era un asunto

de los adultos.

Llegué a San José

con apenas seis años.

En un bolsillo llevaba

dos canicas.

En el otro,

un asombro

que todavía no aprendía a terminarse.

La ciudad respiraba distinto.

Los buses parecían animales enormes

que conocían de memoria

el camino de todos.

Las aceras guardaban grietas

donde cabían

las aventuras más pequeñas.

Y qué curioso…

uno podía perderse

sin sentirse perdido.

Con los años

aprendí el idioma de la lluvia.

Supe que las montañas

también protegen.

Que diciembre

entra por las ventanas

antes que por el calendario.

Vi cerrar negocios

que juré eternos.

Vi desaparecer personas

que pensé

que nunca se irían.

Y un día comprendí

que las fotografías

empiezan a hablar

cuando las voces

ya no pueden hacerlo.

Desde entonces…

el niño que fui

camina unos pasos

delante de mí.

Nunca vuelve la cabeza.

Tal vez porque sabe

que si uno mira demasiado hacia atrás,

corre el riesgo

de dejar de avanzar.

A veces quisiera alcanzarlo.

Preguntarle

cómo hacía

para confiar tanto

en el siguiente amanecer.

Pero él sigue caminando.

Y yo…

yo sigo aprendiendo.

Los periódicos envejecieron.

Las monedas cambiaron de rostro.

Las palabras

aprendieron otros acentos.

Y, sin embargo,

de vez en cuando,

una tarde cualquiera…

el olor de una calle…

la lluvia sobre una ventana…

o el ruido lejano

de un autobús…

me devuelven

al mismo niño

que llegó una vez

sin saber

que también estaba llegando

al hombre

que todavía intenta comprender.

Por eso…

a veces basta recordar.

No para volver.

No para corregir la historia.

Basta recordar…

para descubrir

que hay caminos

que nunca dejamos.

Porque, aunque nuestros pasos

ya no estén sobre ellos,

ellos…

siguen caminando

dentro de nosotros.