Hubo un tiempo
en que mi casa tenía ventanas,
pero yo no encontraba el sol.
Los días pesaban como piedra,
las noches eran un desierto
donde mi corazón llamaba un nombre
que el viento no me devolvía.
Sentía que el mundo entero
se había quedado con mi hija,
y yo caminaba con los brazos abiertos,
esperando un regreso
que parecía no llegar.
Lloré preguntas
que nadie podía responder.
Aprendí a esperar
cuando todo en mí quería correr.
Aprendí a creer
cuando la fe era apenas
una chispa escondida entre las cenizas.
Y Tú, Dios...
Tú no evitaste el desierto.
Lo caminaste conmigo.
Cuando mis piernas temblaban,
Tú eras el suelo.
Cuando mi voz se rompía,
Tú entendías incluso mi silencio.
Hoy la miro.
La veo reír.
La veo volver poco a poco
a la luz que siempre habitó en ella.
Y descubro que también yo
he vuelto.
Ya no camino con miedo.
Ya no vivo encadenada al ayer.
Solo queda una mujer
que aprendió que el amor verdadero
también sabe esperar.
Gracias Dios,
porque nunca soltaste mi mano,
aunque muchas veces
Gracias a mi familia,
que sostuvo mi alma
cuando mis fuerzas no alcanzaban.
Fueron refugio,
fueron abrazo,
fueron la voz que me recordaba
que después de la noche
siempre existe un amanecer.
Hoy entiendo
que el desierto no fue un castigo.
Fue una escuela.
Allí perdí muchas certezas,
pero encontré algo más grande:
la confianza.
Y si alguna vez vuelvo a atravesar sombras,
ya conozco el camino.
Porque ahora sé
que la esperanza nunca dejó de caminar conmigo.
Hoy odo lo que mi corazón sabe decir,
después de tanta lluvia,
después de tanto silencio,
después de haber vuelto a respirar...
es una sola palabra,
gracias.
— Arih
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Autor:
Arih (
Offline) - Publicado: 29 de junio de 2026 a las 16:23
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 16
- Usuarios favoritos de este poema: El desalmado, Poesía Herética, ANGHELUZ., alicia perez hernandez, racsonando, Lualpri, Daniel Omar Cignacco, Mauro Enrique Lopez Z., Maby De los Peña

Offline)
Comentarios1
Este poema relata la transformación emocional de una madre que atravesó un periodo de profunda oscuridad y angustia debido a la ausencia o el sufrimiento de su hija. La autora utiliza metáforas de desiertos y sombras para describir una etapa de incertidumbre espiritual donde el dolor parecía no tener fin. A través de la fe en Dios y el respaldo incondicional de su familia, ella logra encontrar la fortaleza necesaria para superar la desesperación. El texto destaca que esta dura experiencia no fue un castigo, sino una lección de vida que le permitió reconstruir su identidad y su confianza. Al final, la obra celebra la restauración del vínculo familiar y el renacimiento personal marcado por un profundo sentimiento de gratitud. Concluye afirmando que, tras superar la prueba, la esperanza se convierte en una guía permanente para el futuro.
Tus letras son las huellas de estos... ¡Nuestros tiempos!
Bendecida tarde.
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