Hubo un tiempo
en que mi casa tenía ventanas,
pero yo no encontraba el sol.
Los días pesaban como piedra,
las noches eran un desierto
donde mi corazón llamaba un nombre
que el viento no me devolvía.
Sentía que el mundo entero
se había quedado con mi hija,
y yo caminaba con los brazos abiertos,
esperando un regreso
que parecía no llegar.
Lloré preguntas
que nadie podía responder.
Aprendí a esperar
cuando todo en mí quería correr.
Aprendí a creer
cuando la fe era apenas
una chispa escondida entre las cenizas.
Y Tú, Dios...
Tú no evitaste el desierto.
Lo caminaste conmigo.
Cuando mis piernas temblaban,
Tú eras el suelo.
Cuando mi voz se rompía,
Tú entendías incluso mi silencio.
Hoy la miro.
La veo reír.
La veo volver poco a poco
a la luz que siempre habitó en ella.
Y descubro que también yo
he vuelto.
Ya no camino con miedo.
Ya no vivo encadenada al ayer.
Solo queda una mujer
que aprendió que el amor verdadero
también sabe esperar.
Gracias Dios,
porque nunca soltaste mi mano,
aunque muchas veces
Gracias a mi familia,
que sostuvo mi alma
cuando mis fuerzas no alcanzaban.
Fueron refugio,
fueron abrazo,
fueron la voz que me recordaba
que después de la noche
siempre existe un amanecer.
Hoy entiendo
que el desierto no fue un castigo.
Fue una escuela.
Allí perdí muchas certezas,
pero encontré algo más grande:
la confianza.
Y si alguna vez vuelvo a atravesar sombras,
ya conozco el camino.
Porque ahora sé
que la esperanza nunca dejó de caminar conmigo.
Hoy odo lo que mi corazón sabe decir,
después de tanta lluvia,
después de tanto silencio,
después de haber vuelto a respirar...
es una sola palabra,
gracias.
— Arih