Temple

Claudio M. López

Limpiaré con lágrimas

el doble filo de tu daga,

cuando crezca la sombra

en los umbrales de la casa.

 

La limpiaré despacio,

como peinas tu melena larga,

como quien lava heridas

que ya son puras llagas.

 

Y cuando llegue el golpe,

será limpia la hoja,

mi corazón y tu daga.

 

No serás quien mate.

Clavaré yo mi pecho,

no tú la daga.

 

Y si temblase tu mano,

y si el valor te faltara,

 

se apagarán uno a uno

los candiles de la estancia,

y ya no verás mi rostro

ni dónde el acero cala.

 

Al compás de la empuñadura

me dormirás la mirada,

con la filosa canción

de una última nana.

 

Y por la sangre encendida

de tu nombre en mi garganta,

 

te diré: ¡tranquila, niña!

tranquila.

 

Que ya termina la pena.

Que ya no se aviva la llama.

 

Templa el rojo en mi carne

y que se enfríe con las lágrimas.

 

Las mismas con que limpié

anoche el doble filo de tu daga,

mientras crecían las sombras

en los umbrales de nuestra casa.

 

Claudio M. López  ©

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  • Autor: Claudio M. López (Offline Offline)
  • Publicado: 25 de junio de 2026 a las 08:45
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 4


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