Limpiaré con lágrimas
el doble filo de tu daga,
cuando crezca la sombra
en los umbrales de la casa.
La limpiaré despacio,
como peinas tu melena larga,
como quien lava heridas
que ya son puras llagas.
Y cuando llegue el golpe,
será limpia la hoja,
mi corazón y tu daga.
No serás quien mate.
Clavaré yo mi pecho,
no tú la daga.
Y si temblase tu mano,
y si el valor te faltara,
se apagarán uno a uno
los candiles de la estancia,
y ya no verás mi rostro
ni dónde el acero cala.
Al compás de la empuñadura
me dormirás la mirada,
con la filosa canción
de una última nana.
Y por la sangre encendida
de tu nombre en mi garganta,
te diré: ¡tranquila, niña!
tranquila.
Que ya termina la pena.
Que ya no se aviva la llama.
Templa el rojo en mi carne
y que se enfríe con las lágrimas.
Las mismas con que limpié
anoche el doble filo de tu daga,
mientras crecían las sombras
en los umbrales de nuestra casa.
Claudio M. López ©