Reptación

Elizabeth Maldonado Manzanero

Llegó con su sombra pegada a la tierra,

hombre sin sueño,

con hambre antigua en la mirada.

 

Con el filo de una voz

quebrada en la garganta,

exigió justicia

sin alzar los ojos

hacia la democracia.

 

Volvió a su morada

con la mansedumbre extrema

del apaleado.

 

Casi al borde del silencio,

aprendió,

con el paso y el pensamiento,

a volverse piedra.

 

Perfumado de miedo,

se arrastró, como siempre,

hasta su mdendicidad.

 

Con la sal de un llanto sin origen

que la noche

no sabe respetar.

 

Y entonces,

nadie pudo distinguirnos.

Ambos morimos

en el instante

en que dejamos de razonar:

él, alimentando la cobardía;

yo, revistiendo el ego de riquezas,

pero con igual orfandad

los dos,

al final de todo

despojados de humanidad.



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