Llegó con su sombra pegada a la tierra,
hombre sin sueño,
con hambre antigua en la mirada.
Con el filo de una voz
quebrada en la garganta,
exigió justicia
sin alzar los ojos
hacia la democracia.
Volvió a su morada
con la mansedumbre extrema
del apaleado.
Casi al borde del silencio,
aprendió,
con el paso y el pensamiento,
a volverse piedra.
Perfumado de miedo,
se arrastró, como siempre,
hasta su mdendicidad.
Con la sal de un llanto sin origen
que la noche
no sabe respetar.
Y entonces,
nadie pudo distinguirnos.
Ambos morimos
en el instante
en que dejamos de razonar:
él, alimentando la cobardía;
yo, revistiendo el ego de riquezas,
pero con igual orfandad
los dos,
al final de todo
despojados de humanidad.