El legado de la cal

racsonando



El legado de la cal

 

Tengo un legado de cadenas oxidadas.

Y las cargo.

Y las nombro.

Y las llevo.

Crujen como huesos partidos,

mientras los fantasmas

que las habitan

hacen sus rondas cadavéricas.

Sus cráneos vacíos

escupen risotadas

y vagan recordando

los fusiles,

las metrallas

afincadas en los rostros

que el tiempo

no consiguió borrar.

¿Y quién

cargará estas cadenas

cuando mi cabeza

se rinda a la muerte?

Tengo un legado de cadenas oxidadas.

Y las cargo.

Y las nombro.

Y las llevo.

Los niños mudos

las contemplan;

las acarician

con sus manos de jardín.

La tal esperanza

es apenas un capullo

que algún día despertará...

Y de nuevo...

con forma de paloma blanca

se eshibirá

en una urna de cristal

 

Tengo un legado de cadenas oxidadas.

Y las cargo.

Y las nombro.

Y las llevo.

Con su directorio de teléfonos,

sus placas,

sus títulos...

esperando todavía

al médico

que certifique

la muerte de la muerte.

Entonces acudirán

las sombras vecinas.

Como mendigos,

como esqueletos hambrientos,

masticarán

sus mendrugos de pan.

Y, con las barrigas llenas,

marcharán,

marcharán,

en una larga fila

de bocas desdentadas,

hasta volver,

una por una,

a su morada.

¿Y quién

cargará estas cadenas

cuando mi cabeza

se rinda a la muerte?

Allí,

donde el último baño de cal

guardará,

como siempre,

su sueño universal.

 

Racsonando Ando / Oscar Arley noreña Ríos.

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  • Autor: Racsonando (Seudónimo) (Online Online)
  • Publicado: 11 de junio de 2026 a las 13:19
  • Comentario del autor sobre el poema: El legado de la cal es una marcha sobre la memoria. Sus imágenes —cadenas oxidadas, fantasmas, niños, cal y palomas— no buscan reconstruir una historia particular, sino interrogar esa herencia silenciosa que las generaciones reciben sin haberla elegido. El poema transita entre la elegía y la procesión. Cada repetición es un paso; cada pregunta, una pausa en el camino. La voz poética carga un legado que no puede abandonar, lo nombra para impedir que el olvido lo devore y se pregunta quién continuará esa marcha cuando su propia cabeza se rinda a la muerte. La esperanza aparece, pero no como una certeza triunfal, sino como un símbolo frágil, siempre amenazado por el riesgo de convertirse en una pieza de exhibición antes que en un vuelo verdadero. Más que un poema sobre el pasado, El legado de la cal es una reflexión sobre la responsabilidad de la memoria: esas cadenas que pesan no solo por el hierro del que están hechas, sino por los nombres, las voces y los silencios que aún sostienen.
  • Categoría: Sociopolítico
  • Lecturas: 12
  • Usuarios favoritos de este poema: Una voz, Tommy Duque, Salva45, Antonio Pais, Lualpri, Javier Julián Enríquez, alicia perez hernandez, Henry Alejandro Morales, LOURDES TARRATS, Poesía Herética
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  • Henry Alejandro Morales

    Obra de critica profunda y Dignidad! Mi apreciado poeta y amigo, escuchando el acompañamiento musical mientras leo su obra llega a mi memoria recuerdos de mi niñez y mi juventud incluso de hambre y necesidad, pero no por eso dejamos de estudiar mis hermanos y yo, ni perdimos los valores del legado de la cal, hoy ya a mi edad me siento orgulloso del legado de mis padres y concluyo con lo siguiente: "lo que vive Venezuela actualmente es por falta de sensibilidad, valores y legados de dignidad" (Disculpe poeta mi comentario) es que con sus letras ha logrado tocar mi alma. Un abrazo sincero:
    Desde la gratitud y el verso!
    Henry Alejandro Morales

  • LOURDES TARRATS



    Recsonando, autor querido:


    Tu poema encarna un legado. Hay en estos versos una memoria que pesa, que cruje, que respira todavía dentro de las cadenas oxidadas que nombras. Lo que escribes no es metáfora ligera; es la conciencia de una historia que sigue reclamando cuerpo, voz y duelo.
    Sentí profundamente cómo conviertes esas cadenas en un archivo vivo: los fantasmas que las habitan, los cráneos vacíos que ríen sin consuelo, los rostros que el tiempo no logró borrar. Todo ese pasado —duro, insistente, casi mineral— se mueve en tu poema como si aún buscara justicia o descanso.
    Y, sin embargo, en medio de tanta sombra, aparece un gesto que desarma: los niños mudos acariciando las cadenas con manos de jardín. Ese contraste es devastador y luminoso a la vez. Allí se abre la única rendija de esperanza, un capullo mínimo que promete despertar, aunque sea dentro de una urna de cristal. Es una esperanza frágil, sí, pero real.
    Tu poema pregunta quién cargará esas cadenas cuando tú ya no estés. Y la pregunta no es retórica: es un llamado ético. Porque lo que describes no es solo tu herencia, sino la de todos los que nacemos después de un dolor que no elegimos, pero que nos toca comprender para que no vuelva a repetirse.
    El cierre, con ese “último baño de cal” guardando su sueño universal, es de una belleza grave. Allí el poema se vuelve rito, despedida, y también advertencia: la memoria no muere, solo cambia de forma.
    Gracias por este texto que no teme mirar de frente lo que otros prefieren olvidar. Gracias por darle a la herida un lenguaje que la dignifica.
    Es un poema que se queda. Y que pesa. Y que, justamente por eso, importa.

    Desde mi isla, te envío un abrazo envuelto en agradecimiento por tu escrito, porque:

    POETAS SOMOS…



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