LA HORMA DE MI ZAPATO
Dicen que todos los gallos cantan
hasta que aparece otro más bravo...
Yo me creía el dueño del corral.
Y entonces apareció ella...
Yo era el rey de las barras,
el fantasma de los moteles,
el que cambiaba de nombre
según soplaran los laureles.
Tenía un catálogo entero
de besos de usar y tirar,
más cuentos que un vendedor
y más mañas que el azar.
Juraba que el amor era un truco de salón,
una moneda gastada,
un incendio de bolsillo.
Y mírame ahora, compadre,
qué bonito resultó:
el cazador de la noche
en su propia trampa cayó.
Y mientras yo me creía invencible en el juego,
la suerte afilaba cartas
para cambiarme el tablero.
Porque la vida es cabrona,
cuando te quiere enseñar,
te manda justo a la reina
que no puedes conquistar.
Yo que rompía promesas
como botellas de bar,
me topé con la horma exacta
de este maldito zapato.
Yo que salía sonriendo
después de cada pecado,
ahora cuento las horas
como un perro abandonado.
Tenía frases de sobra,
trucos para enamorar,
una sonrisa indecente
y un doctorado en escapar.
Pero ella no se impresionó
con mi teatro de ocasión,
ni con mis cuentos de héroe
ni con mi falsa reputación.
Me dejó hablando solo
con el humo y la pared,
como un boxeador vencido
sin saber cómo perder.
Y mientras yo hacía planes
para volverla a llamar,
ella andaba por el mundo
sin acordarse de mi cara.
Fue la primera derrota
que no pude maquillar,
la primera cicatriz
que no logré negociar.
Porque la vida es cabrona,
cuando te quiere enseñar,
te manda justo a la reina
que no puedes conquistar.
Yo que rompía promesas
como botellas de bar,
me topé con la horma exacta
de este maldito zapato.
Yo que salía sonriendo
después de cada pecado,
ahora cuento las horas
como un perro abandonado.
Dicen que el tiempo acomoda
lo que no puede arreglar,
pero todavía me río
cuando me pongo a pensar:
Que de todas las mujeres
que pude encontrar por ahí,
tuvo que ser justamente
la que no cayó por mí.
Porque la vida es cabrona,
y sabe dónde golpear,
cuando te crees invencible
te enseña a tropezar.
Yo que vendía derrotas,
yo que cobraba contado,
terminé pagando el precio
de haberme creído sagrado.
Y aquí me tienen cantando,
qué ironía del destino:
la horma de mi zapato
me dejó andando descalzo
en el camino.
Ella siguió su camino,
yo me quedé en este bar,
aprendiendo que las reinas
no se dejan coronar.
Sígueme :https://youtube.com/@wcelogan?si=1enscE82UlpSZ2uH
-
Autor:
Wii (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 10 de junio de 2026 a las 00:00
- CategorÃa: Amor
- Lecturas: 11
- Usuarios favoritos de este poema: alicia perez hernandez, Tommy Duque, 🌼⚘MarÃa GarcÃa Manero ⚘🌼

Offline)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. RegÃstrate aquà o si ya estás registrad@, logueate aquÃ.