MARTIN LUTHER KING
Defensor de los DDHH y civiles
“Condenas a Trump por sentirse un Dios,
pero te crees un ser superior”
Hay palabras que cargan maletas invisibles. Emigrar es una de ellas. Emigrar significa abandonar el lugar donde se nace para intentar sobrevivir, reconstruirse o simplemente respirar en otro lugar. Dentro de ese verbo viajan el hambre, la esperanza, el miedo, la guerra, la necesidad y el amor por la propia familia.
Discriminar, en cambio, significa degradar al otro, reducirlo, mirarlo desde arriba, tratarlo como inferior por su nacionalidad, color de piel, idioma, religión o condición económica. Toda discriminación nace de una ilusión de superioridad. Quien discrimina necesita sentirse más alto que alguien para sostener su propio ego.
No todas las migraciones son iguales. Existen migraciones forzadas y migraciones económicas; desplazamientos provocados por guerras, persecuciones, hambre o colapsos institucionales. Quien huye de Ucrania escapa de las bombas y la destrucción. Millones de venezolanos abandonaron su país empujados por una profunda crisis política, económica y social. Desde diversas regiones de África, miles atraviesan desiertos y mares huyendo de la miseria extrema, del terrorismo o de Estados incapaces de garantizar condiciones mínimas de vida.
Otras migraciones responden a dinámicas regionales diferentes. Muchos sudamericanos llegan a Panamá atraídos por su estabilidad monetaria, sus oportunidades económicas y su posición estratégica. Reconocer esta realidad no significa ignorar los problemas sociales o de seguridad que puedan existir. Tampoco implica afirmar que quienes llegan son todos virtuosos o todos delincuentes. Ningún país del mundo está libre de corrupción o criminalidad. Entre millones de personas siempre existirán ciudadanos honestos y también criminales. Generalizar es intelectualmente pobre y moralmente injusto.
El problema comienza cuando el miedo transforma al migrante en enemigo automático. Entonces aparecen acusaciones recurrentes: que vienen a quitar empleos, a colapsar hospitales, a consumir recursos públicos o a destruir la identidad nacional. Son argumentos que la historia ha repetido una y otra vez contra distintos pueblos. Cambian los rostros, pero el prejuicio conserva el mismo lenguaje. Simple y llanamente Xenofobia.
También conviene desmontar ciertos mitos que alimentan la hostilidad. Con frecuencia se afirma que en países como España los migrantes reciben subsidios privilegiados mientras los nacionales quedan abandonados. La realidad suele ser mucho más compleja. Los programas de asistencia social existentes en España, Francia, Italia, Estados Unidos y muchas otras democracias se sustentan principalmente en estudios socioeconómicos, requisitos legales y niveles de vulnerabilidad que también benefician a ciudadanos nacionales. Del mismo modo, la atención sanitaria básica, la alimentación de emergencia o la protección de menores responden a principios humanitarios y de salud pública. No son privilegios exclusivos para extranjeros, sino mecanismos destinados a proteger la dignidad humana.
Además, la migración no representa únicamente un desafío para los Estados receptores; también constituye una fuente de crecimiento económico y desarrollo social. Muchos países enfrentan envejecimiento poblacional, disminución de la fuerza laboral y escasez de trabajadores en sectores específicos. Los migrantes aportan trabajo, emprendimiento, innovación, consumo y pago de impuestos. La historia de Estados Unidos constituye uno de los ejemplos más evidentes: gran parte de su expansión económica, científica, industrial y cultural fue impulsada por sucesivas generaciones de migrantes provenientes de todos los continentes. Recibir migrantes implica responsabilidades, pero también oportunidades.
Desde mi formación en Derechos Humanos y mi labor en Amnistía Internacional en Panamá, lo afirmo con claridad: ninguna sociedad puede llamarse plenamente civilizada mientras normalice el desprecio hacia el migrante. Panamá nació del tránsito humano. Gallegos, barbadienses, chinos, árabes, judíos, afrodescendientes y europeos contribuyeron decisivamente a la construcción de nuestra identidad nacional. Nuestra arquitectura, comercio, gastronomía y cultura son el resultado de esa convergencia de pueblos.
Sin embargo, algunos hablan hoy del extranjero como si fuera una amenaza permanente. Olvidan que muchos de nuestros propios abuelos también emigraron alguna vez. América Latina ha sido históricamente una región de emigrantes. Millones de latinoamericanos viven actualmente en Estados Unidos, Canadá y Europa buscando exactamente lo mismo que hoy buscan otros al llegar aquí: trabajo, dignidad y futuro.
La discriminación suele alimentarse de la ignorancia y del miedo. Ayer se discriminaba por el color de la piel; hoy se discrimina por el pasaporte, el acento o la pobreza. Por ello conviene recordar el Apartheid y la dignidad de Nelson Mandela. Conviene recordar la resistencia pacífica de Mahatma Gandhi y la voz de Martin Luther King Jr. soñando con un mundo donde nadie fuera juzgado por su origen.
También resulta útil observar experiencias como la denominada “España vaciada”, expresión popularizada por Sergio del Molino en su ensayo La España vacía. Diversos estudios sobre despoblación rural han documentado cómo amplias zonas del interior español perdieron población durante décadas debido al éxodo hacia los centros urbanos e industriales. Provincias como Soria, Teruel, Zamora o León presentan densidades demográficas muy inferiores a la media nacional y enfrentan dificultades relacionadas con el envejecimiento poblacional, la pérdida de servicios públicos y la escasez de oportunidades laborales. Esta realidad demuestra que emigrar no siempre implica cruzar fronteras internacionales; también se emigra dentro del propio país cuando las condiciones económicas obligan a abandonar el lugar de origen en busca de mejores oportunidades.
Migración, discriminación y Derechos Humanos están profundamente conectados. Cuando una persona es rechazada únicamente por su origen, se vulneran principios fundamentales recogidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos; toda forma de discriminación contradice ese principio esencial. Asimismo, el derecho a circular, establecer residencia y solicitar asilo frente a la persecución forma parte del marco jurídico internacional construido tras las tragedias del siglo XX.
En el caso de los niños, niñas y adolescentes migrantes, la obligación moral y jurídica es aún mayor. Ningún menor debería convertirse en una cifra estadística, dormir entre alambradas o ser tratado como una amenaza. Antes que migrantes, son seres humanos titulares de derechos reconocidos por convenciones internacionales.
No tiene sentido condenar las políticas migratorias severas de Estados Unidos o las actuaciones de U.S. Immigration and Customs Enforcement ICE mientras, desde nuestros propios países, cultivamos discursos de superioridad, desprecio o exclusión. No podemos exigir respeto en el extranjero y negar ese mismo respeto dentro de nuestras fronteras. Esa contradicción revela una peligrosa incoherencia moral.
La humanidad no debería medirse por el pasaporte ni por el lugar de nacimiento. Emigrar no es un delito. Discriminar sí constituye una derrota ética, moral y espiritual. Cuando una sociedad normaliza el rechazo al extranjero, comienza lentamente a deshumanizarse a sí misma.
“Las fronteras más peligrosas no son las que dividen países, sino las que dividen la compasión de la indiferencia.”
Y aquí es valido recordar el pensamiento de Martin Luther King:
“Cuando estudiemos los grandes males de este siglo, no serán peor los hechos por malas personas, sino la indiferencia de las buenas personas”
Y el día en que entendamos que ningún ser humano es ilegal, quizá comencemos por fin a parecernos a la humanidad que decimos defender.
Bibliografía
**Del Molino, Sergio. La España vacía. Viaje por un país que nunca fue. Madrid: Turner, 2016.
**Cortés-Ruiz, María e Ibar-Alonso, Raquel. “Vulnerabilidad y resiliencia en la España vaciada”. Revista Electrónica de Comunicaciones y Trabajos de ASEPUMA, vol. 22, núm. 2, 2021.
**Declaración Universal de los Derechos Humanos. Asamblea General de las Naciones Unidas, 1948.
JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026
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Autor:
JUSTO ALDÚ (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 7 de junio de 2026 a las 22:49
- Comentario del autor sobre el poema: Es detestable, y en muchos casos hasta peligroso, caer en simplismos que etiqueten de manera despectiva a ciudadanos de un lugar o país determinado. Insinuar siquiera una supuesta superioridad sobre otros constituye, a mi juicio, una postura tan equivocada como absurda. Quizá quienes sostienen esa visión deberían mirar hacia su propio interior, pues es posible que encuentren en sus experiencias, prejuicios o heridas del pasado el origen de esa forma de pensar. Para mi son y serán simples Xenófobos.
- Categoría: Sin clasificar
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- Usuarios favoritos de este poema: Tommy Duque, CORAJUDO, Antonio Pais, zza, Alek Hine, Pedro Novoa Pavon Novoa, El desalmado, Hernán J. Moreyra, Daniel Omar Cignacco, MISHA lg, El Hombre de la Rosa, JAGC, Begoña Varona (antes Nelaery), Javier Julián Enríquez, Rafael Escobar, Mª Pilar Luna Calvo, Noa Subin, alicia perez hernandez
- En colecciones: ENSAYOS.

Offline)
Comentarios9
Un abrazo Justo.
Buen comienzo de semana.
Abrazos para ti también Luis y muchas gracias por estar amigo.
Saludos
Una buena reflexión. Solo quería hacer una matización: dices que "Existen migraciones forzadas y migraciones económicas." Me pregunto si muchas migraciones económicas no son también forzadas. El hambre y la miseria provocadas por una situación económica injusta también obligan a emigrar.
Un cordial saludo.
Tienes razón. A menudo trazamos una línea entre migración económica y migración forzada, pero en la realidad ambas categorías suelen entrelazarse. Cuando una persona abandona su tierra porque el hambre, la pobreza extrema o la falta de oportunidades le niegan una vida digna, la elección es más aparente que real. Cambian las causas inmediatas, pero la necesidad sigue siendo una forma poderosa de coerción. Al final, muchas veces no se emigra porque se quiere partir, sino porque quedarse deja de ser una opción viable.
Aquí todos pueden opinar y corregir.
Muchas gracias.
Muchas gracias a ti por compartir tus reflexiones...
Un cordial saludo.
no se migra la mayor de las veces por saber que es,
no , la necesidad y la carestía obliga a moverse
de su luar de origen, es polémico ...la migración
seas de donde seas los asentamientos humanos son
muy difíciles de atender... mas el mundo es de todos
los que lo habitamos y seguira existiendo la migración
de hecho siempre ha existido....
muy interesantes tus letras poeta, gracias por compartir
feliz inicio de semana
besos besos
MISHA
lg
Muchas gracias MISHA por tu lectura y el comentario.
Un abrazo amiga.
Es encantador y grato felicitar al escritor de poesía perfectoa estimado Panameño y fiel amigo Justo Aldú
Saludos desde España de Críspulo
El Hombre de la Rosa
Gracias Críspulo por tu comentario.
Saludos
Así es.
Como muy bien dices, todo el mundo tiene derecho a poder moverse a otro país en busca de una mejor situación.
Aunque, hay muchas personas que hacen distinción entre los migrantes por motivos de su raza, su religión, su situación económica... rechazándolos y tratando de impedir que se adapten a nuestra sociedad.
Esto es anticonstitucional e injusto en nuestro paìs y en otros, pero, aún así, hay personas que no los aceptan.
Muchas gracias por informarnos, Justo.
Saludos.
Gracias NELAERY por tus valiosas ideas expresadas en el comentario.
Saludos
Saludos.
Un bello homenaje y reconocimiento a quienes abandonan sus lares en busca de nuevos horizontes, bordándolo con regias y nobles citas de grandes pensadores. Mi fraterno abrazo lleva con el mi admiración a tus letras y mi leal aprecio a tu noble amistad.
Así es Anibal. Mas que un homenaje es el reconocimiento de nuestra realidad intríseca como seres humanos.
Todos somos iguales.
Saludos
Muchas gracias, amigo JUSTO, por este relevante y magnífico ensayo, en el que se describe hechos tan reales como la vida misma acerca de las migraciones en la actualidad. En este sentido, creo que la diáspora humana, intrínsecamente vinculada a la búsqueda de la dignidad y supervivencia, se manifiesta como un fenómeno perdurable en el devenir de la civilización. Por ende, se diría que la migración, lejos de ser un mero desplazamiento geográfico, trasciende la materialidad para adentrarse en la esfera de lo existencial, llevando consigo el lastre de la esperanza y el peso de la adversidad. La discriminación, por el contrario, se manifiesta como una patología social, una aberración del sentido común que, al pretender elevar al propio ser, degrada al prójimo a través de la lente distorsionada de la superioridad ilusoria. Desde esta perspectiva, la meditación acerca de la magnitud de la migración y la imperativa erradicación de la discriminación nos impulsa a contemplar la condición humana en su esencia más elemental. Llegados a este punto, la metáfora del «mal de este siglo», acuñada por Martin Luther King, manifiesta una pertinencia ineludible: la indiferencia de los hombres de bien constituye un caldo de cultivo más fértil para las injusticias que la maldad intrínseca de los transgresores. Así las cosas, en su aspiración a la civilización, la humanidad debe forjar un paradigma donde la compasión prime sobre la indiferencia, reconociendo en cada ser humano un valor intrínseco, independientemente de las fronteras que lo circunden o del pasaporte que lo identifique. Considerando esto, el ensayo, en su esencia, nos convoca a desmantelar las barreras de la xenofobia y el prejuicio, invitándonos así a una introspección profunda que reconozca la interconexión de todas las personas y la universalidad de los derechos humanos, principios rectores de una coexistencia armónica y justa.
Recibe un cordial saludo y fuerte abrazo con mi más afectuoso aprecio
No tengo más que alabar tu comentario estimado profesor. Muchas gracias por su lectura tan atenta y por sus valiosas reflexiones. Comparto su señalamiento sobre la discriminación, que no solo afecta a quienes la padecen, sino que empobrece moralmente a toda la sociedad. La indiferencia frente a estas situaciones suele ser tan dañina como las propias injusticias, porque permite que se normalicen.
Destaco la importancia de la dignidad humana y del respeto a los derechos fundamentalessin importar el origen o la condición de cada persona. Ese es, precisamente, uno de los mensajes centrales del ensayo.
Recibe mi agradecimiento por su generoso comentario, así como un cordial saludo y un fuerte abrazo.
En España se acoge a todo el mundo, o casi, los inmigrantes reciben los mismos subsidios que los españoles, hay un plan de reparto, y si faltan recursos se amplían, no pasa nada. Además se acomodan pronto a la nueva cultara, sobre todo los jóvenes con las nuevas tecnologías. Hay zonas que han quedado despobladas, pero también la riqueza en esas zonas se reparte entre menos personas. Por ejemplo, si antiguamente un agricultor trabajaba 30 Ha. como hoy hay pocos agricultores y las máquinas son muy grandes, pues trabajan 200 Ha. por lo tanto las subvenciones de Europa se multiplican, muchos solo de subvenciones reciben mas de 50000 euros anuales, aparte de su cosecha. Esa es una ventaja de la despoblación, como la salud, el médico y la enfermera, en un minuto se desplazan a tu casa a visitarte si lo necesitas. Y la asistenta social te proporcionan ayudas económicas y personas a trabajar en tu domicilio si estás enfermo o eres anciano, cosa más dificil de proporcionar en las ciudades al existir masificación. Bueno un saludo desde la España despoblada.
Gracias por su valioso comentario y por aportar la perspectiva de quien vive la realidad de la España rural. Coincido plenamente en que la discriminación no tiene justificación alguna, porque todos los seres humanos compartimos la misma dignidad y ningún pueblo puede atribuirse una superioridad moral sobre otro. Precisamente, uno de los aspectos que aborda el ensayo es cómo los prejuicios y las generalizaciones terminan deshumanizando a quienes migran, olvidando que detrás de cada desplazamiento hay personas, familias y proyectos de vida.
También es cierto que España ha desarrollado mecanismos de acogida y protección social que buscan garantizar derechos básicos tanto a nacionales como a inmigrantes, y que muchas zonas despobladas presentan ventajas que difícilmente se encuentran en los grandes núcleos urbanos. Su reflexión demuestra que la realidad migratoria es compleja y que no puede reducirse únicamente a discursos de confrontación o rechazo.
Asimismo, conviene recordar que la inmigración no constituye una carga gratuita para los Estados, como a menudo se afirma desde ciertos prejuicios. La experiencia de países como España y Estados Unidos demuestra que la mano de obra migrante ha contribuido significativamente al crecimiento económico, al sostenimiento de sectores productivos esenciales y al fortalecimiento de los sistemas de servicios. Los inmigrantes trabajan, consumen, pagan impuestos y generan riqueza. De hecho, en no pocos casos realizan labores que otros rechazan y, lamentablemente, algunos terminan siendo víctimas de explotación laboral por parte de quienes se aprovechan de su situación de vulnerabilidad.
Como bien señala, en todas las sociedades existen problemas y virtudes; por eso resulta más útil analizar los hechos con equilibrio, respeto y sentido humano que alimentar divisiones entre quienes, al final, comparten los mismos anhelos de bienestar, seguridad y oportunidades.
Reciba un cordial saludo hasta esa España despoblada que usted describe con tanto conocimiento y cercanía.
Te saludo: tú que eres puente entre lo que se ve y lo que solo el corazón alcanza a ver
¿No son tus versos semillas que caen en mi alma y florecen sin que yo lo pida?
Saludo a ti: arquitecto de sueños, albañil de belleza, constructor de eternidades
¿Qué es tu escritura sino luz que entra por los ojos y se queda brillando adentro?
Saludos igual amigo Noah. Gracias por comentar.
JUSTO
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