No era amor.O sí,
de esos que se disfrazan con palabras largas
y miradas hambrientas.
La conocí cuando todavía recogía
los pedazos de un amor que había estallado,
como quien guarda los vidrios rotos
sin decidir si va a recomponer el florero.
Ella escribía. Y eso, para mí, fue casi todo.
Publicaba frases como quien abre ventanas.
Y yo, que vivía a oscuras,
me acerqué a ese resplandor.
Tal vez no me enamoré de ella.
Tal vez me enamoré del reflejo que hacía en mí.
Enamorarse es creer que uno se enamora.
Es entregarse al espejismo
y beber del aire como si fuera agua.
Es mirar una silueta
y llenarla con lo que uno necesita.
Ella hablaba del casamiento
con un fervor de niña que juega a la casita.
Soñaba vestidos blancos,
desayunos eternos y domingos felices.
Yo pensaba en mis hijos,
en los domingos partidos,
en la casa vacía y
sus juguetes silenciados.
No fue su culpa.
Yo quise creer.
Yo elegí el hechizo.
Le dediqué poemas
como si al escribirlos pudiera
fabricar una verdad compartida.
Pero el encantamiento dura
lo que dura el deseo de ser encantado.
Cuando se desvaneció,
me quedé solo otra vez.
No con tristeza, sino con una lucidez tranquila,
como quien despierta de un sueño bonito
y entiende que lo soñado era, también,
una forma de seguir buscando.
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Autor:
Darío Méndez (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 28 de mayo de 2026 a las 10:20
- Categoría: Amor
- Lecturas: 19
- Usuarios favoritos de este poema: Una voz, Daniel Omar Cignacco, Antonio Pais, Mauro Enrique Lopez Z., El Hombre de la Rosa, alicia perez hernandez, Nelly Cevallos - Liora, Osler Detourniel

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