Darío Méndez

El arte de creérselo.


 
No era amor.
O sí, pero de esos que se disfrazan con palabras largas y miradas hambrientas.
 
La conocí cuando todavía recogía los pedazos de un amor que había estallado,
como quien guarda los vidrios rotos sin decidir si va a recomponer el florero.
Ella escribía. Y eso, para mí, fue casi todo.
Publicaba frases como quien abre ventanas.
Y yo, que vivía a oscuras, me acerqué a ese resplandor.
 
Tal vez no me enamoré de ella.
Tal vez me enamoré del reflejo que hacía en mí.
 
Enamorarse es creer que uno se enamora.
Es entregarse al espejismo y beber del aire como si fuera agua.
Es mirar una silueta y llenarla con lo que uno necesita.
 
Ella hablaba del casamiento con un fervor de niña que juega a la casita.
Soñaba vestidos blancos, desayunos eternos y domingos felices.
Yo pensaba en mis hijos,
en los domingos partidos,
en la casa vacía y sus juguetes silenciados.
 
No fue su culpa.
Yo quise creer.
Yo elegí el hechizo.
Le dediqué poemas como si al escribirlos pudiera fabricar una verdad compartida.
 
Pero el encantamiento dura lo que dura el deseo de ser encantado.
 
Cuando se desvaneció,
me quedé solo otra vez.
No con tristeza, sino con una lucidez tranquila,
como quien despierta de un sueño bonito
y entiende que lo soñado era, también,
una forma de seguir buscando.