La claridad diminuta

José Honorio Martínez Ochoa

Entonces el verso,

descargado de su peso,

se vuelve

relámpago interno,

un latido

que atraviesa la noche

sin romperla,

pero dejándola

encendida por dentro.

En ese fulgor contenido,

donde el mundo apenas se sostiene

sobre su propio enigma,

algo persiste:

una claridad mínima,

un rastro de ti

dibujándose

en la raíz misma

del silencio.

Y en esa atmósfera

que se aferra

como un círculo respirable,

los objetos

comienzan a perder su nombre;

se deslizan

hacia una transparencia

donde todo recuerda,

donde incluso el vacío

conserva la huella

de tu forma.

El naufragio

ya no es caída,

sino una manera de girar

en torno a tu presencia:

un centro

que no se toca,

pero organiza

la luz dispersa

de mis latidos.

Entre las manos,

aun tibias de invierno,

algo insiste

en germinar:

una claridad diminuta

que se abre paso,

como si el tiempo

aprendiera a latir

desde adentro.

 

 

 

 



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