Entonces el verso,
descargado de su peso,
se vuelve
relámpago interno,
un latido
que atraviesa la noche
sin romperla,
pero dejándola
encendida por dentro.
En ese fulgor contenido,
donde el mundo apenas se sostiene
sobre su propio enigma,
algo persiste:
una claridad mínima,
un rastro de ti
dibujándose
en la raíz misma
del silencio.
Y en esa atmósfera
que se aferra
como un círculo respirable,
los objetos
comienzan a perder su nombre;
se deslizan
hacia una transparencia
donde todo recuerda,
donde incluso el vacío
conserva la huella
de tu forma.
El naufragio
ya no es caída,
sino una manera de girar
en torno a tu presencia:
un centro
que no se toca,
pero organiza
la luz dispersa
de mis latidos.
Entre las manos,
aun tibias de invierno,
algo insiste
en germinar:
una claridad diminuta
que se abre paso,
como si el tiempo
aprendiera a latir
desde adentro.