Tenía seis años
y el mundo era más grande que mi nombre.
Un autobús.
Una ventana donde todo huía.
Y en algún punto,
sin saber por qué,
me bajé donde no era.
Nadie esperaba.
No había mapa.
Ni voz.
Solo calles ajenas
y un niño
con el pulso abierto.
El miedo…
no sé si habló.
Quizá ya vivía conmigo.
Caminé.
Sin saber cuánto,
sin saber cómo,
pero caminé.
Como si algo antiguo
recordara el camino
por mí.
Y llegué.
A mi casa.
A la puerta.
Al lugar donde el mundo
volvía a caber.
Y entonces,
como si nada,
me puse a jugar en la calle.
La tarde rodando en una pelota,
la aventura deshecha en polvo.
Hasta su voz.
Mi madre.
No traía ira,
sino ese temblor
que solo tiene el amor
cuando casi pierde.
Me habían buscado.
Y yo allí,
con las manos llenas de juego,
sin saber
que había vuelto
de más lejos que una calle.
Aún hoy
no lo entiendo.
Pero sé esto:
hay algo en mí
que no se pierde.
Algo que, incluso a ciegas,
encuentra.
Y quizá ese algo
es lo que hace
que el miedo
no sea dueño,
ni enemigo,
solo
alguien
que vive conmigo.
Antonio Portillo Spinola ©️
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Autor:
Spinoport (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 4 de mayo de 2026 a las 06:11
- Comentario del autor sobre el poema: Aquí un recuerdo de niñez, ese autobús me llevaba al colegio, o hogar de recogida pues no recuerdo un aula, ni lugar de juego, eran tiempos de la España negra, de la ayuda social, donde tenías que levantar el brazo y cantar el cara al sol, pero lo que arde en el poema, es que el trauma y la resiliencia, caminan juntos.
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1
- Usuarios favoritos de este poema: Mauro Enrique Lopez Z.

Offline)
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