¨Hoy debe ser domingo¨, pensaba mientras arrastraba sus cansados pies, casi sin fuerzas, por aquel camino solitario, contemplando con determinación el sonido del silencio.
¨Sí, hoy debe se domingo. Seguro que todos se han ido a la iglesia. Por eso no he visto a nadie en el camino. Seguro a la hora de salida los vea a todos de regreso. ¨, era el pensamiento que tenía cada día, cada mañana, cuando a pasos lentos caminaba por aquel camino solitario, que, a no ser por sus pasos cansados, habría sido devorado por el pasto y la maleza que sobreabundaba a su lado. La realidad es que sólo sus pies habían pisado allí desde la última vez que llegó el periódico anunciando aquella noticia que alarmó tanto a la población, y que fue el motivo por el cual todos huyeron, abandonando el lugar que había sido su cuna, dejando atrás todos los hermosos recuerdos de la infancia, cuando cosas increíbles solían pasar a cada uno de ellos, y que serían imposibles de olvidar a lo largo de toda la vida, que por demás no deja de ser muy breve.
Como cada día, tenía tiempo de contemplar el vuelo de las mariposas, las cuales solían posarse sobre el dorso de sus manos, tal vez en busca del sabor del sudor de aquellas manos envejecidas y adoloridas, que hace tantos años no habían estrechado otras. También aún podía escuchar el cantar de las aves, el sonido del agua al chocar con las piedras del río, el sonido de las ramas secas al ser quebradas por el viento, el mismo que le susurraba en los oídos, mezclándose con los demás sonidos de la naturaleza en una agradable sinfonía que lo deleitaba cada día, en lo que caía la tarde y se acercaba la oscuridad de la noche, antes que sus lentos pasos lo trajeran de retorno a aquel rancho de madera, techado de canas, que parecía mantenerse erguido gracias a un milagroso esfuerzo de equilibrio, que durante tantos años le ha permitido vencer la fuerza de la gravedad; y en el cual le esperaba un viejo catre con colchón de algodón y lana, sobre el cual reposaba su adolorido cuerpo, luego de la ardua tarea de recorrer el camino, hasta un poco más allá de donde se cruza el río, lugar donde termina el camino, donde la vio por primera vez, donde recibió su primer beso.
Ese recuerdo vivía en su memoria. Aún su imagen estaba grabada en sus recuerdos, como una foto que ha podido vencer las inclemencias del tiempo, siendo lo único que aún lo había mantenido con vida. Era la esperanza de volver a verla, lo que cada mañana lo hacía buscar fuerzas de un lugar desconocido en su adolorido cuerpo para levantarse de aquel viejo catre, que, junto a aquel camino solitario, habían sido testigo de cada uno de sus suspiros desde hace tantos años; y durante los cuales sus cabellos fueron blanqueando, su piel fue arrugando, sus pasos se hicieron cada día más lentos y sus recuerdos se habían desvanecido casi por completo. Sólo conservaba la imagen de aquel bello rostro de mujer de larga cabellera, de piel canela, ojos brillantes y sonrisa espontánea, que solía brotar cada vez que lo miraba como sólo ella supo hacerlo entre tantas mujeres que conoció, sin que ninguna permaneciera el al álbum de su memoria, donde sólo había una foto como testigo de que también había conocido a alguien tan hermosa como el color de las mariposas, el canto de las aves, el sonido del agua surcando el río, el sonido de la rama seca al caer y la melodía del viento en sus oídos.
Esa noche había vuelto a casa a la misma hora de siempre, lo sabía por la posición de la luna sobre su blanca cabellera, que en la oscuridad lucía estar hecha de hilos de plata. No fue necesario abrir la puerta, ya que esta permanecía abierta desde la última vez que intentó abrirla; y la misma perdió el mágico equilibrio que la hacía permanecer erguida, cediendo a la fuerza de la gravedad.
Se dirigió a la tinaja para tomar una jarra de agua, cosa que era rutina en él antes de irse a la cama. Sintió curiosidad al ver que su vieja jarra, la misma que usaba cada noche desde que era niño; y que fuera un regalo de su abuela, estaba húmeda, y sobre la tapa de madera de la tinaja; y en cuyo interior quedaba aún un poco de agua, como él mismo dejaba cada noche, cuando tomaba agua antes de irse a la cama. Más allá de una simple curiosidad, no se hizo más preguntas de por qué su jarra estaba ahí, sobre la tinaja, conteniendo unos cuantos sorbos más de agua, ya que pensó que quizás él mismo la había dejado ahí la noche anterior, como lo hacía cada noche, desde que era un niño, cuando su abuela le regaló aquella vieja jarra que utilizaba para calmar su sed cada noche, antes de irse a la cama, y que se convirtió en una costumbre de toda una vida. ¨quizás yo mismo la dejé ahí anoche, aunque creo recordar que esta mañana la guardé colgada en la pared ¨
Sí, el hecho le era familiar, ya que era su costumbre dejar siempre un poco de agua en el fondo de la jarra que dejaba durante la noche sobre la tinaja; y que cada mañana colgaba en un clavo que, él mismo clavó cuando era niño, y que ahora lo obligaba a agacharse cada mañana para dejar colgada su vieja jarra de toda una vida. Lo extraño es que ese día en la mañana no lo hubiese hecho, antes de salir a realizar su caminata de cada día, que lo llevaba al mismo lugar, donde recordaba el mismo beso y la misma bella mujer que se había reusado salir de su memoria.
Con pasos lentos y pausados se dirigió a su viejo catre de algodón y lana, donde encontraría la tibieza acogedora que le permitía soportar el frío de la soledad que le acompañaba cada noche.
¨Qué raro, no veo mi almohada en el almario, será que al igual que mi jarra, la habré olvidado guardar esta mañana¨ Eso era algo que casi resultaba imposible, ya que él solía dormir abrazado a esa almohada; y al despertar cada mañana, lo primero que hacía era llevarla al viejo almario de caoba centenaria, que los años no habían destruido; y que representaba el único mueble de valor que existía en aquella vieja casa.
Al penetrar a la vieja habitación, notó que ésta estaba iluminada al encontrar encendida la vieja lámpara de querosén que solía dejar encendida sobre la mesa de noche, cada noche desde que era un niño, y que solía permanecer encendida hasta que se agotara el combustible; el mismo que solía reponer cada mañana antes de guardar su almohada en el armario y colgar su jarra en el clavo de la pared que casi caía por la crueldad del tiempo.
Al llegar al viejo catre de algodón, encontró allí su vieja almohada; sólo que alguien más estaba allí dormido, abrazando su almohada, tal como él mismo hacía cada noche desde que era un niño. Esta vez, quien dormía era un niño de unos ocho años, quien tenía el pelo largo y desarreglado, trayéndole viejos recuerdo de cuando su pelo no estaba teñido de plata y era mucho más abundante.
Sin saber cómo explicarlo, no sintió curiosidad. Más bien sintió que de alguna manera había vivido esa experiencia muchos años atrás. Miró al niño con ternura y con una vieja sábana cubrió la parte de su cuerpo que no cubría la almohada, ya que sabía que ese niño solitario sentía frío en los pies, pues la almohada no llegaba a cubrir esa parte de su anatomía.
¨Te dejo dormir pequeño luchador incansable. Sé que estas soñando en este momento. Sé con qué sueñas y no me atrevo a interrumpir un sueño tan hermoso¨, le dijo susurrando al oído, mientras cubría sus pies con la sábana, ya que sabía que era el único lugar donde sentía frío, ya que su almohada y su colchón de algodón se encargaban de mantenerlo cálido cada noche fría.
Se sentó en un viejo sillón, justo al lado de la cama , donde pasó la noche contemplando al curioso niño durmiendo, y siendo testigo de dada uno se los sueños del pequeño, quién salía de un sueño y entraba a otro; sueño que él también tuvo durante toda la noche, sólo que esta vez lo había tenido despierto, ya que no quiso dejar de ver como este pequeño dormía plácidamente, abrazando su almohada, como él mismo hizo cada noche, desde que era un niño, soñando las misma aventuras que hoy soñaba el pequeño que había invadido su cama.
La luna continuó su viaje en el firmamento y cruzó sobre su vieja casa desde un extremo hasta el otro, quedando como único testigo de lo que allí ocurría, hasta que por el otro extremo de la casa apareció el sol, el cual fue surgiendo desde el horizonte, haciéndose dueño del cielo, y desplazando a la luna como fuente de iluminación, con lo que anunciaba que un nuevo día había nacido; y era hora de llevar la almohada al almario, recoger la jarra, que había amanecido sobre la tinaja, y colgarla en el clavo de la pared que casi se caía.
Aunque no pegó un solo ojo durante toda la noche, sintió que había descansado como cada noche lo hacía, tal y como lo hizo ese niño de cabello desarreglado que invadió su cama y que pasó la noche entera soñando que era el personaje principal en un cuento de aventuras, donde su papel principal era ser el protector y defensor de una bella princesa de larga cabellera, piel canela, ojos brillantes y sonrisa espontánea, quién al final de cada aventura se detenía en el camino para darle un beso que nunca olvidaría, y que era la razón por lo que cada día salía a caminar hacia el único camino que existía y que sólo él recorría, y todos los días lo llevaba hasta un poco más allá de donde se cruza el río.
Unos instantes después de que el sol se hiciera dueño del firmamento, y sus rayos de luz iluminaran la habitación que hacía varias horas ya no estaba iluminada, porque se había acabado el combustible de la vieja lámpara de querosén, sintió que el pequeño niño se perezaba sobre el cálido colchón de algodón y lana. Sabía que pronto despertaría, sólo le hacía falta estirarse dos veces más para que abriera los ojos. Esto pasaría justo después de que finalice su último sueño, el cual terminaría al final del camino, donde recibiría su último beso. Sabía que pronto iba a dejar de abrazar su almohada, se despertaría y se dirigiría al almario para guardar la almohada hasta que llegue otra vez la noche y la luna vuelva a ser la reina del cielo.
- -Hola, sé que estuviste ahí sentado toda la noche. Estuviste viendo mis sueños…, le dijo el pequeño cuando por fin abrió los ojos, luego de soltar la almohada.
- Te vi dormir toda la noche abrazando mi almohada y no quise interrumpir tu sueño. Sabía que no despertaría hasta recibir tu beso, al final del camino.
Por alguna razón extraña, ambos, niño y anciano, hablaban como si se conocieran de toda una vida, lo que era extraño ya que el niño sólo tenía ocho años y el anciano estaba viviendo su octava década de vida. Esto no impidió que la comunicación fluyera, ya que, de manera inexplicable, ambos sabían con anterioridad la idea que quería expresar su interlocutor.
- Sé que me estuviste esperanto por casi ochenta años. Un día te prometí que nunca te iba a dejar solo. Estoy aquí para cumplir mi palabra. Quiero que sepas que nunca me he ido. Vivo dentro de ti y soy la persona con quien hablas cada vez que estás solo.
Eso tampoco sorprendió al anciano, quien cada día lo esperaba cara tener la única charla abierta que solía tener con persona alguna de vez en cuando y de cuando en vez.
- Hoy vine para pedirte algo que nunca pude hacer. Vine a pedirte que vuelvas a ser un niño y que juegues conmigo.
- Jugar, eso me parece extraño, nunca aprendí a jugar. Creo que nací siendo adulto y me perdí la maravillosa etapa de la infancia. No aprendí a ver el vuelo de las mariposas, a escuchar el sonido del río, a disfrutar del canto de las aves, a deleitarme viendo la rama caer, y escuchar la música que susurra el viento en mis oídos, hasta que fue demasiado tarde y ya mi cuerpo no tenía fuerzas para bailar.
- Lo sé, siempre fuiste tímido. Cuando otros niños jugaban a ser niños, tú siempre estuviste jugando a ser adulto. Es sólo que la vida del adulto es muy aburrida. El adulto se pasa el juego buscando un problema donde debiera existir una solución. Se olvida de reír, más si nunca tuvo la oportunidad de reír cuando era niño.
- Hablas como si tuvieras la certeza de que nunca he sonreído.
- Estoy seguro de que nunca lo has hecho. Sé de cada una de las lágrimas que guardaste para que nadie te vea llorar.
- No se trata de que no quería que me vieran llorar. Es que tampoco tuve tiempo para hacerlo. Pasé mi vida intentando ser fuerte para proteger a las personas que estaban a mi lado. Nunca les dije que yo también tenía miedo, que las cosas me dolían tanto como a ellos, pero alguien debía tratar de aliviar su dolor y espantar sus temores.
- Lo sé, no tuviste la suerte de ser protegido. Nadie te brindó un espacio donde pudieras aprender a jugar y sonreír. Sé que aprendiste a abrazar la almohada porque nadie te abrazó mientras te quedabas dormido. Se que aprendiste a buscar tu propia agua para calmar tu sed. Se que tenías un lugar para guardar las cosas que te eran útiles para enfrentar du soledad. Trabajaste cada día sin descansar hasta que tus manos dolían. Hoy el dolor se ha quedado en tus manos y las mismas están vacías. Ni siquiera puedes abrazar a esas personas que tanto protegiste, a quienes le hiciste creer que eras el hombre más fuerte del mundo, y a quienes nunca le mostraste tus lágrimas; esas lágrimas que, al ocultar, sentí que descendían por mi garganta; y que aprendí a tragar en silencio, siendo el único sabor de la infancia que te acompañará toda la vida.
- Es raro que un hombre tan viejo como yo, sienta que un niño tan pequeño como tú, sepa tanto de la realidad de la vida; y que me hable de una forma tan desnuda, haciendo que pueda ver las cosas maravillosas que dejé en el camino.
- Fuiste tú mismo quien me enseñaste. Así como vine a visitarte esta noche, eras tú quien venías a mí cada día. Durante tu visita me contabas de tus miedos, del temor que le tienes a la soledad, de tu incapacidad para sonreír. Me dijiste que no aprendiste a abrazar porque nadie lo hizo contigo. Se te olvidó que los niños viven en un mundo de fantasías que es más divertido que el mundo donde viven los adultos. Los adultos viven en un mundo donde un problema trae de la mano a otro problema. Un mundo donde sólo se estrechan las manos cuando alguien quiere demostrarle al otro que es capaz de apretar más fuerte que él. Un mundo donde es posible que el verdadero amor exista, pero no siempre es posible; un mundo donde se puede dormir en una cama equivocada, donde no se concilia el sueño; lugar donde, aunque seas el dueño, no poseerás nada, donde por más que te arropes, no se te quitará el frío. Un lugar donde dormirás acompañado de alguien y soñarás con otra persona, lo que te hará sentir soledad dentro de la compañía. El adulto tiene la mala costumbre de trabajar para acumular fortuna, sólo para morir con las manos vacías y ser el más rico del cementerio. El adulto deja de percibir los colores de las mariposas, la belleza del vuelo de las aves, el sonido de la corriente del río, como suena la rama al caer, y la melodía de viento en sus oídos. El adulto pasa la vida peleando, sin cultivar amigos. Se le olvida que un niño puede jugar con otro niño, aun sin conocerlo. El adulto cambia a la perfección el arte de amar por el arte de la guerra.
- Te escucho hablar y me siento un niño de ochenta años. Siento que aprendo de un niño lo que no aprendí en toda una vida.
- Es que caíste en la trampa de ser adulto. Más bien, viviste toda la vida dentro de esa trampa. La única manera de salir de ahí es volviendo a ser un niño. Con la adultez te llegará la responsabilidad de ser padre. Verás nacer a tus hijos, los que educarás a tu manera, pensando que estás haciendo el mejor de los papeles en el teatro de la vida. En ese momento creerás que tu rol es cuidar de ellos. Es posible que confunda el deber de cuidar con el deber de proveer. Te pasarás la vida proveyendo lo que nunca recibiste, sin recibir tampoco lo que jamás te dieron. El más cruel de todo será el tiempo. Este hará que pronto tus hijos dejen de ser niños y se conviertan en adultos, con lo que aprenderán a no sonreír, a dejar de ver el color de las mariposas, a no contemplar el vuelo de las aves, a no escuchar el sonido del agua al chocar con las piedras del río, a no disfrutar de la caída de la rama seca y a no escuchar la melodía del viento en sus oídos. Con el tiempo entenderán que no siembre es mejor ser responsable que divertido; y que trabajar no será siempre mejor que jugar.
Durante algún tiempo, el anciano quedó en silencio, como quien asimila cosas que ya sabía. Justo en este momento dejó de sentir frio en los pies y despertó al sentir el viento chocar con una rama seca y rápidamente se levantó para contemplar como la rama caía. Fue cuando se dio cuenta que había vuelto a estar solo. Se levantó y llevó su almohada al viejo armario de caoba, se dirigió a la tinaja y observó que allí estaba la jarra que hace tantos años le había regalado su abuela. Bebió los sorbos de agua que había dejado la noche anterior, colgó la jarra en el clavo que aún permanecía en la pared que casi caía y salió a recorrer el único camino que conocía, aquel que terminaba un poco más allá de donde se cruza el río hasta llegar al final del camino, lugar donde aquella bella mujer de larga cabellera, piel canela, de ojos brillantes y sonrisa espontánea, le diera el beso que nunca olvidaría.
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Autor:
Pedro Pérez Vargas (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 3 de mayo de 2026 a las 15:45
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 8
- Usuarios favoritos de este poema: Mauro Enrique Lopez Z., Antonio Pais

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