Pedro Perez Vargas

Cuento ¨volver a ser niño¨

¨Hoy debe ser domingo¨, pensaba mientras arrastraba sus cansados pies, casi sin fuerzas, por aquel camino solitario, contemplando con determinación el sonido del silencio.

¨Sí, hoy debe se domingo. Seguro que todos se han ido a la iglesia. Por eso no he visto a nadie en el camino. Seguro a la hora de salida los vea a todos de regreso. ¨, era el pensamiento que tenía cada día, cada mañana, cuando a pasos lentos caminaba por aquel camino solitario, que, a no ser por sus pasos cansados, habría sido devorado por el pasto y la maleza que sobreabundaba a su lado. La realidad es que sólo sus pies habían pisado allí desde la última vez que llegó el periódico anunciando aquella noticia que alarmó tanto a la población, y que fue el motivo por el cual todos huyeron, abandonando el lugar que había sido su cuna, dejando atrás todos los hermosos recuerdos de la infancia, cuando cosas increíbles solían pasar a cada uno de ellos, y que serían imposibles de olvidar a lo largo de toda la vida, que por demás no deja de ser muy breve.

Como cada día, tenía tiempo de contemplar el vuelo de las mariposas, las cuales solían posarse sobre el dorso de sus manos, tal vez en busca del sabor del sudor de aquellas manos envejecidas y adoloridas, que hace tantos años no habían estrechado otras. También  aún podía escuchar el cantar de las aves, el sonido del agua al chocar con las piedras del río, el sonido de las ramas secas al ser quebradas por el viento, el mismo que le susurraba en los oídos, mezclándose con los demás sonidos de la naturaleza en una agradable sinfonía que lo deleitaba cada día, en lo que caía la tarde y se acercaba la oscuridad de la noche, antes que sus lentos pasos lo trajeran de retorno a aquel rancho de madera, techado de canas, que parecía mantenerse erguido gracias a un milagroso esfuerzo de equilibrio, que durante tantos años le ha permitido vencer la fuerza de la gravedad; y en el cual le esperaba un viejo catre con colchón de algodón y lana, sobre el cual reposaba su adolorido cuerpo, luego de la ardua tarea de recorrer el camino, hasta un poco más allá de donde se cruza el río, lugar donde termina el camino, donde la vio por primera vez, donde recibió su primer beso.

Ese recuerdo vivía en su memoria. Aún su imagen estaba grabada en sus recuerdos, como una foto que ha podido vencer las inclemencias del tiempo, siendo lo único que aún lo había mantenido con vida. Era la esperanza de volver a verla, lo que cada mañana lo hacía buscar fuerzas de un lugar desconocido en su adolorido cuerpo para levantarse de aquel viejo catre, que, junto a aquel camino solitario, habían sido testigo de cada uno de sus suspiros desde hace tantos años; y durante los cuales sus cabellos fueron blanqueando, su piel fue arrugando, sus pasos se hicieron cada día más lentos y sus recuerdos se habían desvanecido casi por completo. Sólo conservaba la imagen de aquel bello rostro de mujer de larga cabellera, de piel canela, ojos brillantes y sonrisa espontánea, que solía brotar cada vez que lo miraba como sólo ella supo hacerlo entre tantas mujeres que conoció, sin que ninguna permaneciera el al álbum de su memoria, donde sólo había una foto como testigo de que también había conocido a alguien tan hermosa como el color de las mariposas, el canto de las aves, el sonido del agua surcando el río, el sonido de la rama seca al caer y la melodía del viento en sus oídos.

Esa noche había vuelto a casa a la misma hora de siempre, lo sabía por la posición de la luna sobre su blanca cabellera, que en la oscuridad lucía estar hecha de hilos de plata. No fue necesario abrir la puerta, ya que esta permanecía abierta desde la última vez que intentó abrirla; y la misma perdió el mágico equilibrio que la hacía permanecer erguida, cediendo a la fuerza de la gravedad.

Se dirigió a la tinaja para tomar una jarra de agua, cosa que era rutina en él antes de irse a la cama. Sintió curiosidad al ver que su vieja jarra, la misma que usaba cada noche desde que era niño; y que fuera un regalo de su abuela, estaba húmeda, y sobre la tapa de madera de la tinaja; y en cuyo interior quedaba aún un poco de agua, como él mismo dejaba cada noche, cuando tomaba agua antes de irse a la cama.  Más allá de una simple curiosidad, no se hizo más preguntas de por qué su jarra estaba ahí, sobre la tinaja, conteniendo unos cuantos sorbos más de agua, ya que pensó que quizás él mismo la había dejado ahí la noche anterior, como lo hacía cada noche, desde que era un niño, cuando su abuela le regaló aquella vieja jarra que utilizaba para calmar su sed cada noche, antes de irse a la cama, y que se convirtió en una costumbre de toda una vida. ¨quizás yo mismo la dejé ahí anoche, aunque creo recordar que esta mañana la guardé colgada en la pared ¨

Sí, el hecho le era familiar, ya que era su costumbre dejar siempre un poco de agua en el fondo de la jarra que dejaba durante la noche sobre la tinaja; y que cada mañana colgaba en un clavo que, él mismo clavó cuando era niño, y que ahora lo obligaba a agacharse cada mañana para dejar colgada su vieja jarra de toda una vida. Lo extraño es que ese día en la mañana no lo hubiese hecho, antes de salir a realizar su caminata de cada día, que lo llevaba al mismo lugar, donde recordaba el mismo beso y la misma bella mujer que se había reusado salir de su memoria.

Con pasos lentos y pausados se dirigió a su viejo catre de algodón y lana, donde encontraría la tibieza acogedora que le permitía soportar el frío de la soledad que le acompañaba cada noche.

¨Qué raro, no veo mi almohada en el almario, será que al igual que mi jarra, la habré olvidado guardar esta mañana¨ Eso era algo que casi resultaba imposible, ya que él solía dormir abrazado a esa almohada; y al despertar cada mañana, lo primero que hacía era llevarla al viejo almario de caoba centenaria, que los años no habían destruido; y que representaba el único mueble de valor que existía en aquella vieja casa.

Al penetrar a la vieja habitación, notó que ésta estaba iluminada al encontrar encendida la vieja lámpara de querosén que solía dejar encendida sobre la mesa de noche, cada noche desde que era un niño, y que solía permanecer encendida hasta que se agotara el combustible; el mismo que solía reponer cada mañana antes de guardar su almohada en el armario y colgar su jarra en el clavo de la pared que casi caía por la crueldad del tiempo.

Al llegar al viejo catre de algodón, encontró allí su vieja almohada; sólo que alguien más estaba allí dormido, abrazando su almohada, tal como él mismo hacía cada noche desde que era un niño.  Esta vez, quien dormía era un niño de unos ocho años, quien tenía el pelo largo y desarreglado, trayéndole viejos recuerdo de cuando su pelo no estaba teñido de plata y era mucho más abundante.

Sin saber cómo explicarlo, no sintió curiosidad. Más bien sintió que de alguna manera había vivido esa experiencia muchos años atrás.  Miró al niño con ternura y con una vieja sábana cubrió la parte de su cuerpo que no cubría la almohada, ya que sabía que ese niño solitario sentía frío en los pies, pues la almohada no llegaba a cubrir esa parte de su anatomía.

¨Te dejo dormir pequeño luchador incansable. Sé que estas soñando en este momento. Sé con qué sueñas y no me atrevo a interrumpir un sueño tan hermoso¨, le dijo susurrando al oído, mientras cubría sus pies con la sábana, ya que sabía que era el único lugar donde sentía frío, ya que su almohada y su colchón de algodón se encargaban de mantenerlo cálido cada noche fría.

Se sentó en un viejo sillón, justo al lado de la cama , donde pasó la noche contemplando al curioso niño durmiendo, y siendo testigo de dada uno se los sueños del pequeño, quién salía de un sueño  y entraba a otro; sueño que él también tuvo durante toda la noche, sólo que esta vez lo había tenido despierto, ya que no quiso dejar de ver como este pequeño dormía plácidamente, abrazando su almohada, como él mismo hizo cada noche, desde que era un niño, soñando las misma aventuras que hoy soñaba el pequeño que había invadido su cama.

La luna continuó su viaje en el firmamento y cruzó sobre su vieja casa desde un extremo hasta el otro, quedando como único testigo de lo que allí ocurría, hasta que por el otro extremo de la casa apareció el sol, el cual fue surgiendo desde el horizonte, haciéndose dueño del cielo, y desplazando a la luna como fuente de iluminación, con lo que anunciaba que un nuevo día había nacido; y era hora de llevar la almohada al almario, recoger la jarra, que había amanecido sobre la tinaja, y colgarla en el clavo de la pared que casi se caía.

Aunque no pegó un solo ojo durante toda la noche, sintió que había descansado como cada noche lo hacía, tal y como lo hizo ese niño de cabello desarreglado que invadió su cama y que pasó la noche entera soñando que era el personaje principal en un cuento de aventuras, donde su papel principal era ser el protector y defensor de una bella princesa de larga cabellera, piel canela, ojos brillantes y sonrisa espontánea, quién al final de cada aventura se detenía en el camino para darle un beso que nunca olvidaría, y que era la razón por lo que cada día salía a caminar hacia el único camino que existía y que sólo él recorría, y todos los días lo llevaba hasta un poco más allá de donde se cruza el río.

Unos instantes después de que el sol se hiciera dueño del firmamento, y sus rayos de luz iluminaran la habitación que hacía varias horas ya no estaba iluminada, porque se había acabado el combustible de la vieja lámpara de querosén, sintió que el pequeño niño se perezaba sobre el cálido colchón de algodón y lana. Sabía que pronto despertaría, sólo le hacía falta estirarse dos veces más para que abriera los ojos. Esto pasaría justo después de que finalice su último sueño, el cual terminaría al final del camino, donde recibiría su último beso. Sabía que pronto iba a dejar de abrazar su almohada, se despertaría y se dirigiría al almario para guardar la almohada hasta que llegue otra vez la noche y la luna vuelva a ser la reina del cielo.

Por alguna razón extraña, ambos, niño y anciano, hablaban como si se conocieran de toda una vida, lo que era extraño ya que el niño sólo tenía ocho años y el anciano estaba viviendo su octava década de vida. Esto no impidió que la comunicación fluyera, ya que, de manera inexplicable, ambos sabían con anterioridad la idea que quería expresar su interlocutor.

Eso tampoco sorprendió al anciano, quien cada día lo esperaba cara tener la única charla abierta que solía tener con persona alguna de vez en cuando y de cuando en vez.

Durante algún tiempo, el anciano quedó en silencio, como quien asimila cosas que ya sabía. Justo en este momento dejó de sentir frio en los pies y despertó al sentir el viento chocar con una rama seca y rápidamente se levantó para contemplar como la rama caía. Fue cuando se dio cuenta que había vuelto a estar solo. Se levantó y llevó su almohada al viejo armario de caoba, se dirigió a la tinaja y observó que allí estaba la jarra que hace tantos años le había regalado su abuela. Bebió los sorbos de agua que había dejado la noche anterior, colgó la jarra en el clavo que aún permanecía en la pared que casi caía y salió a recorrer el único camino que conocía, aquel que terminaba un poco más allá de donde se cruza el río hasta llegar al final del camino, lugar donde aquella bella mujer de larga cabellera, piel canela, de ojos brillantes  y sonrisa espontánea, le diera el beso que nunca olvidaría.