Festival vallenato

Antonio_cuello

Rasga la noche cálida un acordeón

precedido de un milenario uepajé;

grito jubiloso que brota del corazón

en madrugadas de alborozo y de relaje

 

Se esparce por las calles una algarabía

de gentes que vienen de otras partes;

se integran al nativo radiantes de alegría,

contagiados del bullicio de este arte

 

Ya viene el desfile de las bellas piloneras

flameando en sus faldas la cadencia innata

de un jolgorio tradicional que en primavera

refleja el sentir gozoso de la tierra vallenata

 

Ya se empieza a escuchar en las casetas del parque,

los cuatro aires diamantinos de esta música nativa

La gente en sus palcos disfrutan de los remarques

de cada nota entonada por cada acordeón emotiva

 

Se escucha por allá un paseo magistralmente ejecutado,

entre tanto por acá, ruge un merengue con ritmo divertido

Suena enseguida acullá un cadencioso son inspirado,

finalizando la faena con una alegre puya de tenaz recorrido

 

Pronto se irá la primavera con sus flores coloridas,

también los visitantes viajarán a sus respectivos países,

llevando en su corazón la experiencia de sus vidas,

tal vez pensando en un futuro echar aquí sus raíces

 

Valledupar, tierra de acordeones y de grandes juglares,

que ofrece a los visitantes la calidez de sus nativos

Todo el que pisa con nobleza estos hermosos lugares,

se quiere quedar para siempre en este ambiente festivo.  

 

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Comentarios +

Comentarios2

  • El Hombre de la Rosa

    La poderosa genialidad de tu pluma se mece en el laberinto de la buena poesia estimado Antonio
    Recibe un abrazo de Críspulo desde España
    El Hombre de la Rosa

  • JUSTO ALDÚ

    El poema se despliega como una celebración abierta, casi como si el verso mismo tuviera la función de tambor y acordeón al mismo tiempo. Desde el primer acorde nocturno, la escena se ilumina con una energía ritual: la música no solo acompaña la fiesta, sino que la convoca, la despierta, la vuelve organismo vivo que respira en la calle y en la memoria colectiva.
    La voz poética construye un espacio donde lo cultural y lo emocional se entrelazan sin fricción. El “uepajé” inicial funciona como raíz ancestral que conecta el presente festivo con una herencia profunda, casi ceremonial. A partir de ahí, el texto se expande como una plaza llena: gentes que llegan, se mezclan, se reconocen en el ritmo común de la celebración.
    Las piloneras aparecen como emblema visual y simbólico: el movimiento de sus faldas no es solo danza, sino escritura corporal de una identidad que se afirma en la cadencia. La música vallenata se presenta entonces como un sistema completo de expresión, donde cada aire —paseo, merengue, son, puya— actúa como una variación del mismo latido colectivo.
    En los versos centrales, el poema alcanza su punto más dinámico: la caseta, el parque, los palcos y los instrumentos se transforman en una especie de arquitectura sonora. Allí la música no se escucha únicamente; se recorre, como si el lector caminara dentro de ella.
    El cierre introduce una ligera melancolía que equilibra el júbilo inicial. La partida de la primavera y de los visitantes sugiere que toda fiesta es también tránsito, que lo vivido se vuelve recuerdo migrante. Sin embargo, Valledupar queda como centro gravitacional de esa experiencia: un lugar que no solo se visita, sino que se internaliza.
    En conjunto, el poema funciona como una crónica lírica de identidad cultural, donde la alegría no es superficial, sino una forma de pertenencia. La música aparece como puente entre lo local y lo universal, entre lo efímero del baile y la permanencia del recuerdo.
    Como sabes, acá se escucha mucho Vallenato. En Costa Arriba de Colón aún reina "El cacique de la junta" Diomedes Díaz y se recuerda al maestro de maestros "Leandro Diaz", cuando se hacen los festivales en Colombia, los costeños de Panamá están pendientes.

    Saludos



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