CAMA 12
Pasillo de sombras.
Cama doce, ala norte.
La humedad dibuja un mapa
en la pared que ya no soporta
su propio peso de cal.
No hay gasa. Hay un clavo,
un Cristo de plástico torcido,
y en el piso,
una bolsa de suero vacía
masticando el suelo.
El fluorescente parpadea.
Duda.
Yo también.
Pasa la enfermera sin mirar
—ya aprendió—
con el cansancio calado en los huesos.
Le pido agua; me devuelve el pasillo.
Le pido aire; me devuelve cloro viejo en la garganta.
El suero gotea cansado:
una gota cada mil inviernos.
Afuera hay un mes que no reconozco.
Aquí el tiempo no pasa,
se pudre en las esquinas
como polvo que ya es parte del muro.
Mi nombre habita un folder
que alguien perdió.
O guardó.
Da igual.
El de la cama once
tosió toda la noche.
A las cuatro, el silencio.
Nadie vino.
Yo tampoco.
El pecho ya no duele
como antes.
Duele gastado,
como ropa vieja.
Afuera llueve.
La gotera marcó el ritmo
toda la madrugada.
Cama doce. Ala norte.
El clavo. El plástico.
Mañana vendrá alguien.
O no.
El clavo sigue ahí.
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Autor:
Wii (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 29 de abril de 2026 a las 00:03
- CategorÃa: Reflexión
- Lecturas: 7
- Usuarios favoritos de este poema: alicia perez hernandez, Tommy Duque, Antonio Pais, Salvador Santoyo Sánchez

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