En veinticuatro horas
entero late un mundo
combinando sonrisa y cerebro.
Seis horas son de la madrugada,
la soledad respira despacio
y la nostalgia abre sus ojos de niebla
a los tormentos del alma.
El miedo susurra,
la memoria regresa sin permiso,
y el aire se desnuda,
reconociéndose en el pecho.
Seis horas le pertenecen a la mañana,
la esperanza se levanta con el sol
y dobla las cobijas de los sueños
en sus rayos retozones y amarillos.
La ilusión estira los brazos,
la confianza camina sin ruido,
y el día le promete
lo que existe
en la posibilidad.
Seis son para la tarde,
donde el tiempo se tensa.
La prisa arde,
la frustración golpea,
y florece el logro
como flor breve del cansancio.
Es el instante donde el deseo
se mide con la realidad
y a veces,
se tropiezan, sintonizan o se repelen.
Seis para la noche,
donde todo vuelve a ser cuerpo.
El amor se enciende,
la tristeza se vuelve suave,
la piel resuena,
y la gratitud cae
como lluvia ligera.
En veinticuatro horas
se cabe completo,
en sudor,
pensamiento y latitud.
Sabemos:
lo que fuimos,
lo que intentamos,
lo que dolió,
y lo que amamos.
Y aun así,
siempre nos resta la posibilidad:
algo queda volando,
extraviado en el viento de la eternidad.
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Autor:
Isel (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 23 de abril de 2026 a las 00:55
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 6
- Usuarios favoritos de este poema: Poesía Herética, Lualpri

Offline)
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