Elizabeth Maldonado Manzanero

24 horas

En veinticuatro horas

entero late un mundo

combinando sonrisa y cerebro.

Seis horas son de la madrugada,

la soledad respira despacio

y la nostalgia abre sus ojos de niebla

a los tormentos del alma.

El miedo susurra,

la memoria regresa sin permiso,

y el aire se desnuda,

reconociéndose en el pecho.

 

Seis horas le pertenecen a la mañana,

la esperanza se levanta con el sol

y dobla las cobijas de los sueños

en sus rayos retozones y amarillos.

La ilusión estira los brazos,

la confianza camina sin ruido,

y el día le promete

lo que existe

en la posibilidad.

 

Seis son para la tarde,

donde el tiempo se tensa.

La prisa arde,

la frustración golpea,

y florece el logro

como flor breve del cansancio.

Es el instante donde el deseo

se mide con la realidad

y  a veces,

se tropiezan, sintonizan o se repelen.

 

Seis para la noche,

donde todo vuelve a ser cuerpo.

El amor se enciende,

la tristeza se vuelve suave,

la piel resuena,

y la gratitud cae

como lluvia ligera.

 

En veinticuatro horas

se cabe completo,

en sudor,

 pensamiento y latitud.

 

Sabemos:

lo que fuimos,

lo que intentamos,

lo que dolió,

y lo que amamos.

Y aun así,

siempre nos resta la posibilidad:

algo queda volando,

extraviado en el viento de la eternidad.