Geografía secreta del encuentro

Antonio Portillo




Allá arriba, el asfalto dicta la geometría de los pasos.
La ciudad nos exige una marcha en estricto paralelo,
una cautela de centímetros donde los codos fingen ignorarse
y las manos orbitan sin llegar a rozar la órbita del otro,
dos hombres aprendiendo a no ser vistos.
Navegamos la luz cruda, el filo de las pupilas ajenas,
calculando el aire exacto entre tu sombra y la mía.
Somos dos cauces obligados a la sequedad de la superficie,
simulando la aridez en las aceras del mediodía,
guardando el agua espesa, intacta, debajo de la lengua.
Pero hay una grieta en el zócalo, el metal frío de una llave.
El pestillo cae como una piedra al fondo de un pozo,
y la gravedad del mundo, de pronto, se desploma.
El aire cambia de peso, se vuelve denso, respirable,
y en la trinchera de este cuarto, la falla tectónica cede.
Nos precipitamos hacia la oscuridad, a salvo del mapa;
nuestras corrientes se mezclan furiosas bajo las baldosas
mientras el tráfico, del otro lado del cristal,
es solo el ronroneo inútil de una bestia derrotada.
En el lecho ciego de esta cueva, leo el sedimento de tu clavícula.
Rastreo el delta de tus costillas y encuentro el relieve de mi propia sed.
Tu cuerpo no es un trofeo, es el paisaje natal de un exilio antiquísimo.
Toco la marca pálida que te cruza el hombro y la reconozco:
aquí también tengo yo esa hendidura, la misma fatiga de la carne,
este amor sin permiso que aún aprende su nombre.
La forma en que tu pecho retiene el aire en la penumbra
es exactamente el mismo espasmo con el que aprendí a estar alerta,
la tensión sorda de quien siempre espera el golpe.
No somos la primera agua en perforar la piedra.
En el vaho que dejamos sobre las sábanas hay un rumor de otras corrientes.
Siento la voz ahogada de Federico García Lorca latiendo en la raíz de tu cuello,
a las abuelas silenciosas lavando sus secretos en este mismo río subterráneo.
Somos el caudal acumulado de los que tuvieron que amar tragando tierra.
Y al clarear, cuando la humedad se asienta, el espejo nos devuelve
la imagen de dos columnas vertebrales que, por fin, se desenroscan,
reescribiendo la geografía de la tierra desde abajo.

 

 

Antonio Portillo Spinola @

  • Autor: Spinoport (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 22 de abril de 2026 a las 03:37
  • Comentario del autor sobre el poema: Este poema nace de mirar donde muchas veces se aparta la vista. No habla de mí en lo evidente, pero sí en lo profundo: en mi necesidad de comprender cómo se siente vivir con partes de uno mismo en la sombra. He querido entrar en ese espacio donde el amor no es libre del todo, donde cada gesto mide su peso antes de existir. Ese “arriba” no es solo una ciudad: es la norma, la mirada ajena, la presión invisible que ordena los cuerpos y les dice cómo deben moverse. Y ese “abajo” es el único lugar donde la verdad puede soltarse sin miedo, aunque sea por un instante. Al escribirlo, no busco apropiarme de una experiencia que no es mía, sino acercarme con respeto, con conciencia de que hay historias que han sido silenciadas durante demasiado tiempo. Por eso aparece la sombra de Federico García Lorca, no como adorno, sino como memoria viva de quienes amaron pagando un precio. Este poema significa para mí un intento de comprender, de sentir desde otro lugar, de romper la indiferencia. Porque, en el fondo, no habla solo de una forma de amar, sino de todas las formas en que el ser humano ha tenido que esconderse para poder ser. Y si algo me atraviesa al escribirlo, es esto: que ningún amor debería necesitar una grieta para existir.
  • Categoría: Amor
  • Lecturas: 4
  • Usuarios favoritos de este poema: ElidethAbreu
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