Allá arriba, el asfalto dicta la geometría de los pasos.
La ciudad nos exige una marcha en estricto paralelo,
una cautela de centímetros donde los codos fingen ignorarse
y las manos orbitan sin llegar a rozar la órbita del otro,
dos hombres aprendiendo a no ser vistos.
Navegamos la luz cruda, el filo de las pupilas ajenas,
calculando el aire exacto entre tu sombra y la mía.
Somos dos cauces obligados a la sequedad de la superficie,
simulando la aridez en las aceras del mediodía,
guardando el agua espesa, intacta, debajo de la lengua.
Pero hay una grieta en el zócalo, el metal frío de una llave.
El pestillo cae como una piedra al fondo de un pozo,
y la gravedad del mundo, de pronto, se desploma.
El aire cambia de peso, se vuelve denso, respirable,
y en la trinchera de este cuarto, la falla tectónica cede.
Nos precipitamos hacia la oscuridad, a salvo del mapa;
nuestras corrientes se mezclan furiosas bajo las baldosas
mientras el tráfico, del otro lado del cristal,
es solo el ronroneo inútil de una bestia derrotada.
En el lecho ciego de esta cueva, leo el sedimento de tu clavícula.
Rastreo el delta de tus costillas y encuentro el relieve de mi propia sed.
Tu cuerpo no es un trofeo, es el paisaje natal de un exilio antiquísimo.
Toco la marca pálida que te cruza el hombro y la reconozco:
aquí también tengo yo esa hendidura, la misma fatiga de la carne,
este amor sin permiso que aún aprende su nombre.
La forma en que tu pecho retiene el aire en la penumbra
es exactamente el mismo espasmo con el que aprendí a estar alerta,
la tensión sorda de quien siempre espera el golpe.
No somos la primera agua en perforar la piedra.
En el vaho que dejamos sobre las sábanas hay un rumor de otras corrientes.
Siento la voz ahogada de Federico García Lorca latiendo en la raíz de tu cuello,
a las abuelas silenciosas lavando sus secretos en este mismo río subterráneo.
Somos el caudal acumulado de los que tuvieron que amar tragando tierra.
Y al clarear, cuando la humedad se asienta, el espejo nos devuelve
la imagen de dos columnas vertebrales que, por fin, se desenroscan,
reescribiendo la geografía de la tierra desde abajo.
Antonio Portillo Spinola @