La lógica del olvido.

Keiry Diaz

Creo que debemos prescindir de nuestros servicios,

porque a veces me enoja no poder besarte.

Creo fielmente en los olvidos,

pero se ha vuelto agravio tu presencia

y, sin notarlo, me acostumbré a tu ausencia.

 

Porque, al final, es lo mismo:

la señora que sonríe en las aceras,

los cuentos de mi madre sobre corazones partidos,

los autos en las carreteras

y el tono burlesco de la vida que me deja con frío.

 

Entonces, ¿para qué?

Si, con el corazón abatido, me vuelvo cenicero

y mi cuerpo se convierte en la falta imborrable del tuyo.

 

Entonces, ¿para qué —digo—,

si el corazón se niega a pasar por alto los más mínimos susurros?

Si mis labios extrañan la ausencia de los tuyos

y el alma pide a gritos, en el silencio, días perfectos.

 

Y ahí, a la postre, es igualitario:

tú te vuelves jaula

y yo me vuelvo pájaro.

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