Creo que debemos prescindir de nuestros servicios,
porque a veces me enoja no poder besarte.
Creo fielmente en los olvidos,
pero se ha vuelto agravio tu presencia
y, sin notarlo, me acostumbré a tu ausencia.
Porque, al final, es lo mismo:
la señora que sonríe en las aceras,
los cuentos de mi madre sobre corazones partidos,
los autos en las carreteras
y el tono burlesco de la vida que me deja con frío.
Entonces, ¿para qué?
Si, con el corazón abatido, me vuelvo cenicero
y mi cuerpo se convierte en la falta imborrable del tuyo.
Entonces, ¿para qué —digo—,
si el corazón se niega a pasar por alto los más mínimos susurros?
Si mis labios extrañan la ausencia de los tuyos
y el alma pide a gritos, en el silencio, días perfectos.
Y ahí, a la postre, es igualitario:
tú te vuelves jaula
y yo me vuelvo pájaro.