Esta noche me cortaré las venas

Bosque de Cenizas

Esta noche
no tiene fondo.
caigo dentro de mí.

la cabeza no se calla,
habla con voces que suenan a mí
pero no soy yo.
dicen cosas
que se pegan a las paredes
y luego me las devuelven más grandes.

respiro,
pero el aire no alcanza,
como si alguien hubiera vaciado el mundo
y me dejara solo la costumbre de intentarlo.

todo pesa:
la luz,
el silencio,
mi nombre cuando lo pienso.

quisiera arrancarme de este instante,
deshabitarme,
dejar el cuerpo encendido
y yo apagarme por dentro.

la ansiedad aprieta sin manos,
sin forma,
sin razón que se deje explicar.
y yo me encojo
como si eso sirviera de algo.

la tristeza ya ni duele,
es peor:
es nada.
un cuarto vacío
donde incluso el eco se rindió.

y aquí estoy,
sin épica,
sin salida clara,
aguantando el peso de existir
como quien sostiene algo
que ya se rompió hace tiempo.

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  • Bosque de Cenizas

    Esto no era ni la mitad de lo que se sentía tener depresión… era un vacío que dolía. No era solo tristeza, era sentirme perdida dentro de mí misma, cansada todo el tiempo, como si la vida siguiera avanzando y yo me hubiera quedado atrás.

    La ansiedad llegaba sin avisar, me apretaba el pecho y me llenaba la cabeza de pensamientos que no podía controlar, haciéndome sentir que todo estaba mal, aunque no lo estuviera.

    Y lo más duro era que nadie lo veía… porque sonreía, porque fingía demasiado bien. Pero no pienses que no quería pedir ayuda, es que no sabía cómo hacerlo. Quería que alguien se diera cuenta de que sufría, que cada día me hundía más en el abismo.

    En el fondo, esperaba que alguien llegara… como un héroe.
    Alguien que me mirara de verdad, que entendiera sin que yo tuviera que explicarlo todo, que me sacara de ahí sin preguntarme cómo caí. Me aferraba a esa idea, como si mi salvación dependiera de que alguien más la notara.

    Pero ese alguien nunca llegó… o tal vez sí, solo que no de la forma en que yo imaginaba.

    Fue ahí cuando empecé a escribir.
    Al principio no era bonito, ni ordenado, ni profundo… solo eran palabras sueltas, pensamientos desordenados, pedazos de lo que sentía. Pero poco a poco, la escritura se convirtió en un lugar donde podía existir sin fingir, donde podía decir lo que no sabía explicar en voz alta.

    Me encontré ahí, entre líneas rotas y párrafos llenos de verdad.
    Y sin darme cuenta, dejé de esperar que alguien me salvara… porque empecé a sostenerme yo, palabra por palabra.

    La escritura no me sacó de todo, pero me dio algo que no tenía: una forma de entenderme, de soltar, de respirar un poco más ligero.



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