Aquel niño, dentro, tenía un viejo.
Se expresaba con la cara y ademanes,
y con muchos y variados refranes
que hacían cavilar a los longevos.
Toda su vida un viejo sería.
Su padre sabía que, si le hablaba
seriamente, su hijo le replicaría
haciéndole pensar y, cavilaba,
entre gestos extraños y denuestos,
sobre qué hacer con aquel hijo viejo.
Si la atención le llamaba, sobre esto
o aquello, objetaba como un espejo
poniendo en evidencia el respeto
que a la familia y mayores debía.
Con su lengua suelta, sabiduría,
y el aguijón del ingenio despierto,
el niño que era de natural viejo,
a otros niños “niños” adoctrinaba
y la atención sobre asuntos llamaba
para que le consideraran maestro.
El niño creció hasta que llegó a viejo.
Con manías aprendidas seguía
sin razonar sobre el tiempo que había
pasado, pero ahora ya era un viejo
que hacía lo que siempre había hecho.
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Autor:
Juan Iscar (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 10 de abril de 2026 a las 09:41
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 1
- En colecciones: Atardecer.

Online)
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