Juan Iscar

El niño viejo

Aquel niño, dentro, tenía un viejo.

Se expresaba con la cara y ademanes,

y con muchos y variados refranes

que hacían cavilar a los longevos.

Toda su vida un viejo sería.

Su padre sabía que, si le hablaba

seriamente, su hijo le replicaría

haciéndole pensar y, cavilaba,

entre gestos extraños y denuestos,

sobre qué hacer con aquel hijo viejo.

Si la atención le llamaba, sobre esto

o aquello, objetaba como un espejo

poniendo en evidencia el respeto

que a la familia y mayores debía.

Con su lengua suelta, sabiduría,

y el aguijón del ingenio despierto,

el niño que era de natural viejo,

a otros niños “niños” adoctrinaba

y la atención sobre asuntos llamaba

para que le consideraran maestro.

El niño creció hasta que llegó a viejo.

Con manías aprendidas seguía

sin razonar sobre el tiempo que había

pasado, pero ahora ya era un viejo

que hacía lo que siempre había hecho.