COMO SEMILLAS DE DIENTE DE LEÓN VOLANDO EN PRIMAVERA

José Mario Calero Vizcaino

 

 

 

Hoy siento este texto nacer, desde hace tiempo, en el fondo de mis emociones. Ahora pide forma y orden: quiere volverse letras para compartirse con mi gente cercana. Lo escribo, lo rehago, lo corrijo en la pantalla del ordenador: espejo de mi corazón, de mi espíritu, de mi mente; de lo que soy.

 

 

Hay textos que acompañan. Quiero que este te haga compañía mientras lo lees; que se quede contigo, quizá en tu inconsciente, quizá en tu memoria —física y virtual—. Y si lo físico se desvanece, si con los años se apaga la intensidad de lo vivido, de lo sentido, de lo llorado… lo virtual te permite regresar a lo que fuiste la primera vez que lo leíste.

 

 

Escribo así porque estoy lejos: lejos de mi familia, de mis amistades, de mis compatriotas, de mis pasados, de mi México. Me siento desarraigado, pero empiezo a sembrarme de nuevo: como una semilla de diente de león que un frescachón —un viento fuerte— o un temporal —un viento duro— arrancó de su flor y la llevó, lejos de su origen, para posarse en otra tierra.

 

 

Formar una familia lejos de tu ciudad de partida es un cúmulo de emociones encendidas: sientes desarraigo, destierro y una culpa extraña que a veces parece egoísmo; pero también sientes el amor de la familia que creas. Te notas ajeno y, al mismo tiempo, te entregas por completo a lo que reconoces como verdadero: el amor por tu hija Emma Calero y por tu mujer.

 

 

La mente y el pecho viven aquí y allá. Palpitas entre la tristeza de no compartir el día a día con los tuyos y la alegría nueva que te regalan tu hija y tu compañera. La imaginación —y el peso de lo compartido— te empuja a continuar escenas de la vida de quienes más quieres, aunque ya no los tengas en la rutina.

 

 

En México, durante años, llevé un papel que me encogía: el del “bueno para nada” que, paradójicamente, quería serlo todo para todos—buen hijo, buen hermano, buen estudiante, buen amigo, buen profesor—. Y mi personalidad, viva y palpitante, se quedaba quieta, contenida entre la piel y la carne, como si el corazón la sujetara. Tal vez mi arraigo a mi gente era tan fuerte que vivía la vida de los demás y se me olvidaba la mía.

 

 

Mi familia mexicana, aun con su desorden y sus heridas, me sembró muy hondo —en el intelecto y en el inconsciente— valores de pertenencia, de convivencia, de lealtad: como un campo de dientes de león en primavera.

 

 

Siempre llevaré conmigo los recuerdos y los aprendizajes de haber crecido con mi familia; con mis primas y primos; con mis tías y tíos; con mis amigas y amigos; con mi gente cercana; con mis profesoras y profesores; con mis estudiantes.

 

 

Cuida tus relaciones: un día, en primavera, puedes volar y amanecer en otro lugar.

 

 

Venera a tu madre.
Venera a tu padre.
Venera a tus hermanas y hermanos.
Venera a tus amistades.
Venera tu patria.
No frenes tus pasiones.
Nunca frenes tus pasiones ni tu intelecto.
Apréndete —y vive— el poema de Mario Benedetti: No te salves.

 

 

Y si te toca volar, cuídate: sé tu casa, sé tu raíz, hasta que vuelvas a florecer.

 

 

 

 

 

José Mario Calero Vizcaino e Inteligencia Artificial

 

Fin.

 

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