Hoy siento este texto nacer, desde hace tiempo,
en el fondo de mis emociones. Ahora pide forma y orden:
quiere volverse letras para compartirse con mi gente cercana.
Lo escribo, lo rehago, lo corrijo en la pantalla del ordenador:
espejo de mi corazón, de mi espíritu, de mi mente; de lo que soy.
Hay textos que acompañan.
Quiero que este te haga compañía mientras lo lees;
que se quede contigo, quizá en tu inconsciente,
quizá en tu memoria —física y virtual—.
Y si lo físico se desvanece,
si con los años se apaga la intensidad de lo vivido,
de lo sentido, de lo llorado… lo virtual
te permite regresar a lo que fuiste la primera vez que lo leíste.
Escribo así porque estoy lejos:
lejos de mi familia, de mis amistades,
de mis compatriotas, de mis pasados, de mi México.
Me siento desarraigado, pero empiezo a sembrarme de nuevo:
como una semilla de diente de león que un frescachón
—un viento fuerte— o un temporal —un viento duro—
arrancó de su flor y la llevó, lejos de su origen,
para posarse en otra tierra.
Formar una familia lejos de tu ciudad de partida
es un cúmulo de emociones encendidas: sientes desarraigo,
destierro y una culpa extraña que a veces parece egoísmo;
pero también sientes el amor de la familia que creas.
Te notas ajeno y, al mismo tiempo,
te entregas por completo a lo que reconoces como verdadero:
el amor por tu hija Emma Calero y por tu mujer.
La mente y el pecho viven aquí y allá.
Palpitas entre la tristeza de no compartir el día a día
con los tuyos y la alegría nueva que te regalan tu hija y tu compañera.
La imaginación —y el peso de lo compartido—
te empuja a continuar escenas de la vida de quienes más quieres,
aunque ya no los tengas en la rutina.
En México, durante años, llevé un papel que me encogía:
el del “bueno para nada” que, paradójicamente,
quería serlo todo para todos—
buen hijo, buen hermano, buen estudiante, buen amigo, buen profesor—.
Y mi personalidad, viva y palpitante, se quedaba quieta,
contenida entre la piel y la carne, como si el corazón la sujetara.
Tal vez mi arraigo a mi gente era tan fuerte
que vivía la vida de los demás y se me olvidaba la mía.
Mi familia mexicana, aun con su desorden y sus heridas,
me sembró muy hondo —en el intelecto y en el inconsciente—
valores de pertenencia, de convivencia, de lealtad:
como un campo de dientes de león en primavera.
Siempre llevaré conmigo los recuerdos y los aprendizajes
de haber crecido con mi familia;
con mis primas y primos; con mis tías y tíos;
con mis amigas y amigos; con mi gente cercana;
con mis profesoras y profesores; con mis estudiantes.
Cuida tus relaciones: un día, en primavera, puedes volar y amanecer en otro lugar.
Venera a tu madre.
Venera a tu padre.
Venera a tus hermanas y hermanos.
Venera a tus amistades.
Venera tu patria.
No frenes tus pasiones.
Nunca frenes tus pasiones ni tu intelecto.
Apréndete —y vive— el poema de Mario Benedetti: No te salves.
Y si te toca volar, cuídate: sé tu casa, sé tu raíz, hasta que vuelvas a florecer.
José Mario Calero Vizcaíno e Inteligencia Artificial
Fin.