Todo es normal
hasta que apareces.
Lo que causas en mí:
el temblor en mis manos,
la fatiga en mi cuerpo,
mi corazón a mil,
sin respuestas del por qué resultó así.
Llegas y te vas,
apareces y pereces,
creces y te desvaneces…
maldita ansiedad que me estremece.
Te reconozco,
porque sueles visitarme
cuando pierdo el control,
cuando siento dolor,
cuando todo aparenta estar bien.
Detrás de mi sonrisa
apareces sin razón.
No lo comprendía
hasta que entendí mi dolor:
sentado en la banca de aquel parque,
cuando mi cuerpo gritó,
cuando leí aquel mensaje
que me desestabilizó.
Volviste a aparecer.
Llevabas tiempo sin visitarme,
y quizás por eso no te reconocí.
Aquel mensaje
que movió todo dentro de mí
te despertó,
y me mostró una vez más
lo frágil que puedo ser.
Maldita ansiedad
que se apodera de mí,
llegas con sudor en mis manos
y temblor,
sin respuestas a preguntas
que me arrastran aún más
fuera de control.
En esos momentos
sé que eres tú,
desestabilizando mi alma,
desordenando mi razón,
imponiendo tu dominio,
gritando que corra,
que escape de todo.
La ansiedad nunca es buena
cuando se sufre por amor,
jamás es amable
cuando hay dolor,
ni silenciosa
cuando habita el rencor.
Y sin embargo,
quien la provocó
jamás supo
todo el daño que dejó.
Por eso elijo
retomar el control,
aunque duela,
aunque queme,
aunque cueste soltar el dolor.
No lo dudes, hazlo.
Grita la razón
mientras lucha con la ansiedad
por el control del corazón:
ese que,
hecho pedazos,
intenta reconstruirse,
crecer,
y, algún día,
volver a encontrar la paz.
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Autor:
Santiago Parra (
Online) - Publicado: 7 de abril de 2026 a las 14:48
- Categoría: Triste
- Lecturas: 1

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