Santiago Parra

Ansiedad

Todo es normal

hasta que apareces.

 

Lo que causas en mí:

el temblor en mis manos,

la fatiga en mi cuerpo,

mi corazón a mil,

sin respuestas del por qué resultó así.

 

Llegas y te vas,

apareces y pereces,

creces y te desvaneces…

maldita ansiedad que me estremece.

 

Te reconozco,

porque sueles visitarme

cuando pierdo el control,

cuando siento dolor,

cuando todo aparenta estar bien.

 

Detrás de mi sonrisa

apareces sin razón.

No lo comprendía

hasta que entendí mi dolor:

 

sentado en la banca de aquel parque,

cuando mi cuerpo gritó,

cuando leí aquel mensaje

que me desestabilizó.

 

Volviste a aparecer.

Llevabas tiempo sin visitarme,

y quizás por eso no te reconocí.

 

Aquel mensaje

que movió todo dentro de mí

te despertó,

y me mostró una vez más

lo frágil que puedo ser.

 

Maldita ansiedad

que se apodera de mí,

llegas con sudor en mis manos

y temblor,

sin respuestas a preguntas

que me arrastran aún más

fuera de control.

 

En esos momentos

sé que eres tú,

desestabilizando mi alma,

desordenando mi razón,

imponiendo tu dominio,

gritando que corra,

que escape de todo.

 

La ansiedad nunca es buena

cuando se sufre por amor,

jamás es amable

cuando hay dolor,

ni silenciosa

cuando habita el rencor.

 

Y sin embargo,

quien la provocó

jamás supo

todo el daño que dejó.

 

Por eso elijo

retomar el control,

aunque duela,

aunque queme,

aunque cueste soltar el dolor.

 

No lo dudes, hazlo.

Grita la razón

mientras lucha con la ansiedad

por el control del corazón:

 

ese que,

hecho pedazos,

intenta reconstruirse,

crecer,

y, algún día,

volver a encontrar la paz.