Maldíceme con clemencia.

D. G. T. Michele Mapol (Mussû)

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Por favor,

maldiga este corazón

que ya se encuentra moribundo

[entre bradicardias…

 

Persistiendo por instinto,

por fe ciega en su recuerdo;

este corazón es casi músculo atrofiado,

suspendido donde la voluntad abandonó,

sin saber que aún es usted quien lo sostiene.

 

Y, aun así,

mi corazón se rehúsa a sucumbir,

incapaz de dejar lo que todavía siente,

mientras usted lo suelta lento;

existiendo por inercia absurda…

y aún respira sin quererlo.

 

Maldígame —se lo ruego—
[con clemencia.

 

Maldígame

como sabe que se maldice una despedida:

con ternura y mentira,

creyendo que así el corazón

se rompe menos,

mientras sufre sin sentirse solo.

 

Maldíceme,

pero no muy fuerte;

aún respira este despojo humano,

[casi cadáver…

 

Esclavo suyo,

[su merced;

maldiga cada gesto mío,

que aún con cariño

[se inclina ante usted.

 

Y a usted le ruego:

por favor, maldígame;

ódieme hasta la última fibra que le amó,

mientras me pregunto:

¿qué hago habitando esta soledad

con el residuo de cariño que usted me dejó?

 

Dejándome aquí, sabiendo

[que después de esto solo queda el silencio;

mi alma, suspendida en su ausencia,

ya no espera descanso alguno:

pues mientras usted me siga odiando,

este corazón no habrá sido olvidado.

 

Hablará en sigilo,

persistiendo en su desprecio,

negándose al consuelo del olvido.

 

Por lo tanto, afirmo

[que usted me ha amado por completo,

—o hasta que su corazón no pudo sostenerme más—,

porque solo se odia

[lo que aún subsiste

[obediente en el latido…

 

Intacto, este latido

—sumiso, obstinado—

me delata:

aún le pertenezco;

aún... a su merced.

  • Autor: D. G. T. Michele Mapol (Seudónimo) (Online Online)
  • Publicado: 28 de marzo de 2026 a las 12:33
  • Comentario del autor sobre el poema: Ciertamente, las canciones de Jaramillo acompañaron mis sesiones de ron durante la escritura de este poema, sobre todo cuando el sentimiento se vuelve tan doliente que el cuerpo parece quedar moribundo y el corazón, aun latiendo, se resiste al castigo de sentir… De ahí nace este texto: no desde la esperanza de ser amado nuevamente, sino desde una persistencia degradada, la de quien suplica no ser borrado del todo de la memoria ajena. Quise partir de la fibra feroz que atraviesa «Ódiame»: esa verdad cruel de que el rencor, por más hiriente que sea, todavía conserva un vínculo, mientras la indiferencia lo arrasa todo. Por eso, en este poema, la voz no implora regreso ni consuelo; implora condena. Pide memoria, aunque venga torcida por el desprecio. Porque a veces duele menos una herida abierta que el silencio de volverse insignificante en la vida de quien se amó. Así, la maldición se vuelve una forma perversa de ternura. El corazón que aquí aparece moribundo —ya entre bradicardias— no busca redención romántica, sino permanencia. Es ya casi residuo, casi músculo atrofiado, pero insiste: no por esperanza, sino por obediencia a un afecto que lo hiere y, al mismo tiempo, lo mantiene vivo. También por eso se menciona la palabra «merced». Al nombrarle así, el yo poético se rinde ante quien lo hiere; se reconoce esclavo suyo, inclinado todavía ante ese vínculo que lo degrada, pero que no deja de sostenerlo. En ello… hay clara humillación, sí, pero también una forma desesperada de seguir perteneciendo. Al final, este poema nace de una certeza amarga: si el amor ya no puede sostener al corazón, al menos que el odio lo salve del olvido.
  • Categoría: Triste
  • Lecturas: 5
  • Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais, antonio cuervo
  • En colecciones: Versos Enrontonados.
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