Callado avanza el tiempo por la vida,
con paso firme y rostro siempre austero;
no vuelve atrás la hora ya perdida
ni escucha al hombre en su rogar sincero.
Mas deja en cada senda recorrida
la huella de un consejo verdadero:
que todo cuanto nace ha de pasar
como la bruma leve sobre el mar.
La juventud presume eternidades
y en su fulgor desprecia la advertencia;
mas pronto el tiempo rompe vanidades
y vuelve humilde al alma con prudencia.
Entonces ve que antiguas necedades
fueron tan sólo sombras sin conciencia,
y aprende que la gloria más constante
es la virtud del ánimo constante.
Así nos va enseñando lentamente
que nada permanece en su figura;
ni el oro, ni el poder resplandeciente,
ni la más celebrada hermosura.
Sólo aquello que habita en noble mente
desafía los siglos con mesura:
la fe, la rectitud, la caridad
que guarda firme el curso de la edad.
Y cuando ya la tarde se aproxima
y el día inclina su dorada frente,
el hombre mira atrás desde la cima
del camino que anduvo largamente.
Comprende que la vida se sublima
si aprende del reloj paciente y fuerte:
que el tiempo no es verdugo del vivir,
sino maestro oculto del sentir.
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Autor:
Efrain Eduardo Cajar González (
Online) - Publicado: 14 de marzo de 2026 a las 01:16
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 1

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