INEXISTENCIA

José Antonio Artés

Me cansé de ser solo el espacio
que ocupaban otros,
la materia que ocultaba la realidad,
un disfraz de humildad que sabía a confusión.

No estaba en ningún lugar,
pero el tiempo corría lentamente,
intentando medir mi pasividad.

Me acostumbré a esa forma de estar:
sentado en los bordes de las conversaciones,
sonriendo cuando tocaba,
diciendo que sí con la cabeza
mientras el día se iba gastando
como una moneda pequeña.

Era fácil confundirme con el paisaje:
una silla ocupada,
un nombre escrito en la agenda de alguien,
una presencia correcta
que no interrumpe el orden de las cosas.

Y así pasaron los años.

No con ruido,
sino con esa calma discreta
con la que envejecen los relojes
cuando nadie los mira.

 

A veces observaba mis manos
como quien busca una señal,
una prueba mínima
de que la vida también me pertenecía.

Pero el silencio respondía primero,
un silencio antiguo,
hecho de gestos prudentes
y de palabras que nunca llegaron a decirse.

Hasta que un instante de lucidez reveló
algo tan sencillo
que casi daba miedo pensarlo:

que la inexistencia
no es desaparecer del mundo.

 

Es algo más cotidiano,
más silencioso.

Es seguir respirando cada día
sin haber encontrado todavía
el lugar exacto
donde empieza tu vida.

Y quizá por eso,
en un momento elegido,
decidí ocupar, al fin,
un pequeño espacio en el mundo.

Aunque fuera tarde,
aunque nadie lo notara,
aunque la costumbre dudara de mí.

Porque incluso la sombra,
cuando aprende a mirarse,
empieza lentamente
a existir.

 

José Antonio Artés Sánchez

 

 

  • Autor: José Antonio Artés (Seudónimo) (Online Online)
  • Publicado: 8 de marzo de 2026 a las 13:15
  • Categoría: Reflexión
  • Lecturas: 1
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