Me cansé de ser solo espacio
que ocupaban otros,
la materia que ocultaba la realidad,
un disfraz de humildad
que sabía a confusión.
No estaba en ningún lugar
aunque el tiempo pasaba lentamente,
intentando medir mi pasividad.
Me acostumbre a esa forma de estar:
Sentado en los bordes de las conversaciones,
sonriendo cuando tocaba,
afirmando siempre con la cabeza
mientras el día se iba gastando
como una moneda pequeña.
Era fácil confundirme con el entorno:
Una silla ocupada,
un nombre escrito en cualquier agenda,
una presencia habitualmente correcta
que no interrumpe el orden de las cosas.
Y así pasaron los años, no con ruido,
sino con esa calma discreta
con la que envejecen los relojes
cuando nadie los mira.
A veces observaba mis manos
como quién busca una señal,
una prueba mínima
de que la vida también me pertenecía.
Pero el silencio respondía primero,
era antiguo, hecho de gestos prudentes,
de palabras nunca dichas,
hasta que un instante de lucidez
reveló algo tan sencillo
que casi daba miedo pensarlo.
La inexistencia no es desaparecer:
Es algo cotidiano más silencioso,
es seguir respirando cada día
sin haber encontrado todavía,
el lugar exacto donde empieza tu vida.
Y quizá por eso,
en un momento elegido, decidí al fin,
ocupar el espacio que había cedido.
Aunque fuera tarde,
aunque nadie lo notara,
aunque la costumbre dudara de mí.
Porque incluso la sombra,
cuando aprende a mirarse,
empieza lentamente a existir.
José Antonio Artés Sánchez