BIOGRAFÍA
Nací con un defecto curioso:
cuando la suerte tocaba el timbre
yo estaba en la ducha
o besando a la vecina equivocada.
No fue mala vida, ojo.
Solo que siempre llegué
medio paso después del aplauso.
Mientras otros coleccionaban diplomas
yo juntaba historias
en servilletas con manchas sospechosas
y números de teléfono
que al día siguiente
no recordaban mi nombre.
Trabajé lo suficiente
para no deberle demasiado
a los cobradores del destino.
Pero nunca lo bastante
para volverme uno de esos tipos
que hablan del clima
como si fuera una vocación.
A los veinte
creía que la vida era una escalera.
A los treinta
descubrí que era más bien
un ascensor caprichoso
que se detiene entre pisos
y te deja ahí
escuchando música ridícula
mientras decides
si gritas
o te ríes.
Elegí reírme.
No por sabio.
Por práctico.
Las tragedias pierden dignidad
cuando alguien se ríe en la sala.
Tuve amores memorables.
Una me quería
como quien guarda un cuchillo bonito:
con admiración
pero lejos del pecho.
Otra decía que yo era un problema.
Tenía razón.
Pero también era una buena historia
para contar después de medianoche.
Nunca aprendí
esa gimnasia social
de fingir que todo marcha perfecto.
Cuando algo se rompía
yo lo miraba un rato
como quien examina un reloj muerto
y luego decía:
—Bueno…
ya era hora.
Hay gente que cree
que el éxito es una cima.
Yo sospecho otra cosa.
He visto demasiados campeones
con cara de haber perdido algo importante
en el camino.
Algo pequeño.
Algo que no sale en las biografías.
Tal vez la risa.
Tal vez la piel.
Por eso sigo caminando
con mis derrotas a cuestas.
No pesan mucho.
Son ligeras.
Las derrotas elegantes
siempre viajan con equipaje de mano.
Y cuando algún imbécil
me pregunta si fracasé en la vida
le respondo sin levantar la voz:
Fracasé varias veces.
Algunas incluso con estilo.
Pero dime una cosa, campeón…
¿cuántas vidas aburridas
hay que ganar
para perder
una buena historia?
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Autor:
Wii (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 6 de marzo de 2026 a las 00:01
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 1

Offline)
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