Mi cabeza insiste:
fue su belleza,
la forma exacta en que el mundo se detuvo
para mirarla.
Mi corazón, terco y desobediente,
susurra que no,
que fue su esencia,
esa invisible corriente
que no se ve
pero arrastra.
Mis oídos la absuelven:
su voz dulce y leve
como si cada palabra
hubiese aprendido primero
a ser caricia.
Y mis ojos,
indecisos magistrados del asombro,
batallan en silencio:
si fue la curva de sus labios
al soltarse en una sonrisa breve
lo más hermoso que han presenciado,
o si fueron sus ojos,
ese inusual abismo luminoso
que me empujó hacia mis propias letras,
hacia la inspiración
de la belleza que se esconde
justo donde nadie mira.
Me río del juicio interno,
de este tribunal sin ganador ni vencido,
donde cada argumento
tiene razón.
Porque aunque existan versiones distintas,
aunque me vista de juez
e intente dictar sentencia,
la decisión ya estaba escrita
antes del veredicto.
Y aun sin la supuesta culpable presente,
todo el caos encuentra su paz,
como si la vida fuera eso:
una guerra breve
que sabe desde el inicio
que quiere rendirse.
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Autor:
R. (
Online) - Publicado: 5 de marzo de 2026 a las 00:29
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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