R.

El jucio

Mi cabeza insiste:

fue su belleza,

la forma exacta en que el mundo se detuvo

para mirarla.

Mi corazón, terco y desobediente,

susurra que no,

que fue su esencia,

esa invisible corriente

que no se ve

pero arrastra.

Mis oídos la absuelven:

su voz dulce y leve

como si cada palabra

hubiese aprendido primero

a ser caricia.

Y mis ojos,

indecisos magistrados del asombro,

batallan en silencio:

si fue la curva de sus labios

al soltarse en una sonrisa breve

lo más hermoso que han presenciado,

o si fueron sus ojos,

ese inusual abismo luminoso

que me empujó hacia mis propias letras,

hacia la inspiración

de la belleza que se esconde

justo donde nadie mira.

Me río del juicio interno,

de este tribunal sin ganador ni vencido,

donde cada argumento

tiene razón.

Porque aunque existan versiones distintas,

aunque me vista de juez

e intente dictar sentencia,

la decisión ya estaba escrita

antes del veredicto.

Y aun sin la supuesta culpable presente,

todo el caos encuentra su paz,

como si la vida fuera eso:

una guerra breve

que sabe desde el inicio

que quiere rendirse.