Pasivo suicida

Alejandro Tapia

Pasivo suicida.

 

 

Normalmente, entre dos y cuatro a. m.,

grito —aferrándome a que aún es pronto—.

Cuando desafinado suena el ruido en mi cabeza

y rechina en sus centros mi nuca,

al rugir de la puerta

que siguen tocando

y que no he de abrir.

 

Se me corta la respiración:

cáscara de huesos roídos

que, petrificada de terror,

yace

sin poder quebrar el cascarón.

 

Carcomido en estaño,

prefiero rezar al fluorescente alvéolo

que lo conecta todo,

para pretender

que así escaparé,

al menos yo.

 

Perseguido, voy volteando a todos lados

en cualquier camino:

acelerado,

desenfrenado.

Pues desesperado llegué aquí

y ya me he hartado

de todo lo que me había gustado.

 

Una exhalación menos me queda

y, al fin, zurdo...

Sigo con mi tendencia

de moverme hacia la izquierda: nulo.

 

Un té cargado, sin azúcar ni leche,

me amarga la mirada.

Mi pupila dilatada desde temprano.

 fría, y empapada,

se aleja a donde puede

para apenas ver verde.

 

Hundo la lengua en pimienta

y, por costumbre, tomo polvos pica-pica

con rabia

para el desayuno.

Y como cereal con veneno para ratas

y recuerdos amargos

para la merienda.

 

Sedado y taciturno, deambulo

entre despierto y dormido.

Me acomodo

para tratar de respirar menos congestionado

y, con algo de tortura,

aliviar mis pulmones

en zinc galvanizados

que producen las asquerosas flemas.

 

Se repite el verso gastado

en las voces dolidas

de tantas víctimas

del ácido de limón

con el que, de a poco,

nos va cocinando la vida.

 

Lugar común:

fumar con ella en la azotea.

Un momento de vergüenza.

De vómito etílico en público

en una tarde

de cielo helado napolitano...

O una tarde

de llanto desgarrador

en el asfalto mojado.

 

Verso anunciado

es verso copiado,

en verbo y gracia,

fantasía fonética son las cacofonías del pasivo suicida,

y la gente dice

que es solo escribir poesía.

 

Hasta en los días más brillantes

es de noche

en mi entrecejo.

 

Y quieto...

lleno de ansiedad, pero quieto...

estoico hasta en el borde.

Se repite ahora,

por vez octava,

la primera melodía.

Y a las tres con cinco de la tarde...

Treinta y cuatro grados.

Yo, de frío, sigo temblando oscuro.

Medianoche.

O casi.

Llevate gratis una Antología Poética ↓

Recibe el ebook en segundos 50 poemas de 50 poetas distintos


Comentarios +

Comentarios2

  • El Hombre de la Rosa

    Preciado tu versar de hoy estimado poeta y amigo Alejandro
    Saludos desde Torrelavega España
    El Hombre de la Rosa

    • Alejandro Tapia

      Afectuso saludo de vuelta estimado poeta y amigo...desde León Guanajuato en México.

    • Antonio Portillo

      Es un poema sobre el cansancio de ser uno mismo.

      • Alejandro Tapia

        Y espero te haya gustado Antonio...¡saludos!

        • Antonio Portillo

          Es una pieza de existencialismo moderno. La imagen final de la medianoche, incluso cuando no lo es cronológicamente, cierra el círculo: el "pasivo suicida" vive en un eclipse perpetuo.
          Si me ha gustado.

          • Alejandro Tapia

            Me alegro bastante, saludos!



          Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.