En una noche solitaria,
llena de estrellas,
con la luna alumbrando el rostro
de aquel hombre callado,
como lámpara encendida
en aquella pradera vasta y silenciosa,
contemplaba la belleza del cielo,
donde las estrellas, ocultas entre nubes,
jugaban y revoloteaban en el espacio.
Sus manos se entumecían
por el frío de aquella noche,
tiritaban cual zorro abandonado
en medio del bosque sombrío.
Sus labios escarchados y pálidos
se adormecían lentamente,
pero su corazón ardía en alegría
al contemplar la elegancia
de aquel astro maravilloso.
Con ella compartía su vida,
sus penas y sus tristezas;
desde aquella pradera,
sentado en la vieja silla,
admiraba la belleza inigualable
de su resplandor eterno.
Le hablaba en silencio,
como quien confiesa un secreto antiguo;
le contaba sus fracasos,
sus sueños rotos,
sus amores perdidos.
Y la luna, paciente y eterna,
lo escuchaba sin juzgarlo,
bañando su rostro cansado
con una luz suave y compasiva.
Para él no era solo un astro,
era refugio,
era compañía,
era la mujer imposible
que nunca hiere ni abandona.
Y así, noche tras noche,
entre el frío y la soledad,
aquel hombre encontraba calor
en la claridad plateada del cielo.
Porque mientras el mundo dormía
y el silencio reinaba en la pradera,
su corazón enamorado susurraba:
Si algún día todo me falta,
si el amor humano me falla,
que no me falte tu luz, luna mía,
porque en tu brillo encuentro
la paz que la tierra me niega.
Y bajo ese cielo infinito,
el hombre y la luna
sellaban su romance eterno,
un hecho de distancia,
silencio
y devoción.
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Autor:
johan esteban restrepo uran (
Online) - Publicado: 2 de marzo de 2026 a las 09:48
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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