johan esteban restrepo uran

EL HOMBRE QUE AMABA LA LUNA

 

En una noche solitaria,

llena de estrellas,

con la luna alumbrando el rostro

de aquel hombre callado,

como lámpara encendida

en aquella pradera vasta y silenciosa,

contemplaba la belleza del cielo,

donde las estrellas, ocultas entre nubes,

jugaban y revoloteaban en el espacio.

 

Sus manos se entumecían

por el frío de aquella noche,

tiritaban cual zorro abandonado

en medio del bosque sombrío.

 

Sus labios escarchados y pálidos

se adormecían lentamente,

pero su corazón ardía en alegría

al contemplar la elegancia

de aquel astro maravilloso.

 

Con ella compartía su vida,

sus penas y sus tristezas;

desde aquella pradera,

sentado en la vieja silla,

admiraba la belleza inigualable

de su resplandor eterno.

 

Le hablaba en silencio,

como quien confiesa un secreto antiguo;

le contaba sus fracasos,

sus sueños rotos,

sus amores perdidos.

 

Y la luna, paciente y eterna,

lo escuchaba sin juzgarlo,

bañando su rostro cansado

con una luz suave y compasiva.

 

Para él no era solo un astro,

era refugio,

era compañía,

era la mujer imposible

que nunca hiere ni abandona.

 

Y así, noche tras noche,

entre el frío y la soledad,

aquel hombre encontraba calor

en la claridad plateada del cielo.

 

Porque mientras el mundo dormía

y el silencio reinaba en la pradera,

su corazón enamorado susurraba:

Si algún día todo me falta,

si el amor humano me falla,

que no me falte tu luz, luna mía,

porque en tu brillo encuentro

la paz que la tierra me niega.

 

Y bajo ese cielo infinito,

el hombre y la luna

sellaban su romance eterno,

un  hecho de distancia,

silencio

y devoción.