Ese hueco
Ese hueco que has dejado tan repentino
no tuvo borde ni aviso:
simplemente ocurrió,
como ocurre el silencio
cuando se retira la última palabra
y nadie sabe aún
que era la última.
Nadie está preparado —lo sabemos—,
ni quienes velan,
ni quienes apenas rozaban tu presencia
en la costumbre leve de los días.
Menos cuando el fruto es aún verde
y la rama no había ensayado
la idea de soltarse.
Ayer estabas.
Tu estar se repartía
en lo sencillo:
charla a medio hacer,
gesto de orden mínimo,
esa forma tuya de habitar
sin declarar territorio.
Ayer era una fecha abierta,
con planes apoyados
como tazas en una mesa segura.
Nada en el aire insinuaba
la fractura.
Y sin embargo
hoy hay un hueco.
Un hueco incómodo,
recién hecho en la trama del mundo,
como si alguien hubiera retirado
una pieza esencial
sin consultar al equilibrio.
No es solo lo que falta:
es el desajuste que queda,
la leve inclinación de las horas,
la manera en que las cosas
persisten sin entender.
Tu sitio —ese contorno sin dueño—
permanece intacto
y a la vez inservible,
como una pregunta
que ya no admite respuesta.
Uno entra en las habitaciones
con la precaución de quien pisa
un territorio alterado:
todo está donde estaba
y sin embargo no.
Hay un cambio imperceptible
en la densidad del aire,
en la luz que cae
sobre las superficies conocidas,
en la forma en que el día
se sostiene a sí mismo.
Porque no es vacío:
es presencia desplazada,
materia sin forma
que insiste.
Nadie nos enseñó
la sintaxis de estas pérdidas,
ni el modo de conjugar
un estar en pasado súbito.
Ayer hacías planes.
Esa es la arista más dura:
la continuidad rota
en mitad de su frase.
Quedaron intenciones suspendidas,
pequeños futuros domésticos
que ya no encontrarán
quien los reclame.
Y uno queda aquí,
aprendiendo la nueva geografía:
rodear lo ausente,
respirar sin atravesarlo,
dejar que exista
sin exigirle sentido.
Porque al principio
todo intento de comprensión
es una violencia más:
querer cerrar lo que aún sangra,
explicar lo que aún duele.
Es reciente,
tibio todavía,
como si conservara
la temperatura de tu estar.
Y así permanece:
sin explicación,
sin consuelo suficiente,
abierto en medio de lo cotidiano
como una interrupción
que no concluye.
Tal vez un día
su contorno se vuelva memoria
y ya no arda
cada vez que lo rozamos.
Pero hoy no.
Hoy es exacto:
tu forma ausente
en la continuidad del mundo.
Y nadie —nadie—
estaba preparado
para aprender
tan de pronto
su peso.
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NOTA:
Escribí este poema durante el velatorio de una amiga cercana, tras la llamada inesperada que anunció su muerte al amanecer. La noticia, súbita y sin antesala, dejó en mí una sensación de desajuste difícil de nombrar: la experiencia concreta de un hueco abierto en lo cotidiano.
El texto nace de ese impacto inmediato, de la incredulidad y del extrañamiento que sobrevienen cuando alguien que estaba —simplemente estaba— deja de estar sin transición. No intenta consolar ni explicar; solo registrar, con la mayor fidelidad posible, la forma en que la ausencia reciente altera la percepción del mundo, del tiempo y de los espacios compartidos.
Más que una elegía, es la constatación de una ruptura en la continuidad: la presencia desplazada de quien hasta ayer habitaba lo sencillo.
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Autor:
Wii (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 25 de febrero de 2026 a las 00:02
- CategorÃa: Reflexión
- Lecturas: 1

Offline)
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