I
Amada, el sol se posa en la ventana,
derramando su oro sobre el papel;
el día arde con llama soberana
y dicta su fulgor en cada riel.
El cielo está en cenit, claro y abierto,
como una frente limpia de pensar;
y yo te escribo, en medio del desierto
de luz que empieza lento a palpitar.
II
El aire vibra en círculos ardientes,
la tierra exhala un hálito de sal;
las sombras huyen tímidas, conscientes
del reino vertical del astro real.
Todo se muestra sin ningún recato,
todo revela su verdad frontal;
así también mi voz, sin artificio,
te nombra con un pulso natural.
III
El mediodía es claro como herida
que no conoce máscara ni tul;
su luz desnuda el borde de la vida
y quiebra las penumbras en azul.
Bajo su llama firme y encendida
mi pensamiento aprende a florecer;
porque decir tu nombre en esta hora
es darle al sol razón para arder.
IV
Los pájaros callaron su canción,
no por tristeza sino por respeto;
la luz se impone en pura vibración
como un sagrado y silencioso reto.
El mundo se detiene a contemplarse
en este espejo inmenso de calor;
yo sólo me detengo a contemplarte
viviendo en la claridad mayor.
V
Tu nombre arde suave entre mis labios
como una brasa limpia y sin rencor;
no quema, sino alumbra los resabios
del alma que aprendió a temer al sol.
El día es alto, recto y verdadero,
sin doblez ni sombra que fingir;
así mi afecto, firme y duradero,
se alza sin miedo a relucir.
VI
El viento apenas mueve las cortinas,
temiendo perturbar mi confesión;
las horas se deslizan cristalinas
sobre el mármol ardiente del reloj.
No hay prisa en esta carta que te envío,
aunque el sol gobierne en plenitud;
mi letra busca el centro de tu río
y allí sembrar su luz.
VII
Las calles hierven bajo el sol erguido,
los pasos suenan huecos al pasar;
mas yo me quedo en este espacio íntimo
donde tu ausencia empieza a resonar.
El mundo ruge en claridad abierta,
sin sombra donde ocultar la voz;
y en medio de esta llama descubierta
te escribo con fervor.
VIII
Si vieras cómo el cielo se inclina
cuando pronuncio lento tu mirar,
dirías que la luz se disciplina
para aprender tu forma de brillar.
El mediodía, rey de la evidencia,
no logra opacar tu claridad;
porque tu esencia es más que su presencia,
más honda que su verticalidad.
IX
La tinta brilla húmeda en la hoja,
como si sudara bajo el sol;
cada palabra, viva y roja,
late como un secreto sin control.
No es sombra lo que guía mi escritura,
ni penumbra que tienda a disolver;
es esta luz sin miedo ni fisura
que quiere en ti nacer.
X
El mundo, desnudo bajo el cenit,
no esconde su verdad en ningún pliegue;
así mi voz, al nombrarte aquí,
no busca excusa ni se repliegue.
En esta hora franca y vertical
te ofrezco lo que soy sin disfraz;
un corazón abierto al mediodía
que arde y no se va.
XI
Las montañas parecen inclinarse
ante el mandato firme del calor;
los ríos bajan lentos, sin quejarse,
reflejando la bóveda en su ardor.
Y yo reflejo en versos tu figura
como espejo que aprende a mirar;
porque el sol me ha enseñado en su altura
que amar es no ocultar.
XII
Cuando la tarde empiece a descender
y el oro ceda paso al carmesí,
recordarás que en pleno amanecer
de fuego te escribí.
Que fue en la hora más alta del día
cuando mi voz decidió proclamar
que toda luz que el mundo contenía
era menor que tu claridad.
-
Autor:
Efrain Eduardo Cajar González (
Online) - Publicado: 24 de febrero de 2026 a las 01:11
- Categoría: Carta
- Lecturas: 1

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