El color naranja

Juan Sebastian Mena

El color naranja tiene tu nombre

aunque el mundo insista en llamarlo atardecer.

Tiene la tibieza exacta de tus manos

cuando el tiempo se detenía entre mis dedos

y el universo parecía caber

en la distancia breve

entre tu respiración y la mía.

El naranja me recuerda

a esa hora en que el sol se rendía despacio

solo para dejarnos la luz necesaria

para mirarnos sin prisa,

para aprendernos los gestos

como quien memoriza un poema antiguo

que jamás quiere olvidar.

Me recuerda a tus besos,

a su manera lenta de incendiar el silencio,

a cómo tus labios descubrían los míos

como si fueran territorio sagrado,

como si cada roce pronunciara

una palabra que todavía no existe

en ningún idioma humano.

Naranja era el aire

cuando caminábamos sin rumbo,

inventando destinos en las esquinas,

contándonos historias que nacían

solo porque estábamos juntos,

solo porque el mundo, de pronto,

se volvía más pequeño que tu sonrisa.

Aún escucho tu voz

acercándose a mi oído

como un secreto que temía romperse si respirábamos fuerte.

Y yo te hablaba despacio,

rozando con palabras dulces

la frontera invisible

entre tu boca y tu risa,

dejando que cada sílaba te acariciara

como lo hacen las olas

cuando creen que nadie las observa.

Nos contábamos secretos

como dos niños que descubren el fuego

y no entienden por qué arde

pero deciden quedarse igual,

con las manos temblando

y el corazón aprendiendo

un idioma nuevo hecho de miradas.

El color naranja eras tú

sentada frente a mí

con el brillo del crepúsculo atrapado en los ojos,

mientras yo intentaba descifrar

cómo alguien podía ser hogar

sin tener paredes,

cómo alguien podía ser eternidad

dentro de un instante.

Éramos dos desconocidos

que el destino escribió en el mismo verso,

dos historias que el azar

decidió rimar sin pedir permiso,

dos latidos aprendiendo

que quererse también es

contar el tiempo en suspiros compartidos.

Si algún día el cielo olvida su color

y los atardeceres se vuelven ceniza,

yo cerraré los ojos

y seguirás apareciendo

con tu luz tibia,

con tu risa encendida,

con ese incendio dulce

que solo el amor sabe pronunciar.

Porque desde que existes en mi memoria,

el naranja ya no es un color:

es la forma que tiene mi alma

de recordarte,

de buscarte en cada tarde,

de volver a besarte

aunque el tiempo intente

enseñarme a olvidarte.

  • Autor: Juan Sebastian Mena (Online Online)
  • Publicado: 22 de febrero de 2026 a las 22:38
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1
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