El color naranja tiene tu nombre
aunque el mundo insista en llamarlo atardecer.
Tiene la tibieza exacta de tus manos
cuando el tiempo se detenía entre mis dedos
y el universo parecía caber
en la distancia breve
entre tu respiración y la mía.
El naranja me recuerda
a esa hora en que el sol se rendía despacio
solo para dejarnos la luz necesaria
para mirarnos sin prisa,
para aprendernos los gestos
como quien memoriza un poema antiguo
que jamás quiere olvidar.
Me recuerda a tus besos,
a su manera lenta de incendiar el silencio,
a cómo tus labios descubrían los míos
como si fueran territorio sagrado,
como si cada roce pronunciara
una palabra que todavía no existe
en ningún idioma humano.
Naranja era el aire
cuando caminábamos sin rumbo,
inventando destinos en las esquinas,
contándonos historias que nacían
solo porque estábamos juntos,
solo porque el mundo, de pronto,
se volvía más pequeño que tu sonrisa.
Aún escucho tu voz
acercándose a mi oído
como un secreto que temía romperse si respirábamos fuerte.
Y yo te hablaba despacio,
rozando con palabras dulces
la frontera invisible
entre tu boca y tu risa,
dejando que cada sílaba te acariciara
como lo hacen las olas
cuando creen que nadie las observa.
Nos contábamos secretos
como dos niños que descubren el fuego
y no entienden por qué arde
pero deciden quedarse igual,
con las manos temblando
y el corazón aprendiendo
un idioma nuevo hecho de miradas.
El color naranja eras tú
sentada frente a mí
con el brillo del crepúsculo atrapado en los ojos,
mientras yo intentaba descifrar
cómo alguien podía ser hogar
sin tener paredes,
cómo alguien podía ser eternidad
dentro de un instante.
Éramos dos desconocidos
que el destino escribió en el mismo verso,
dos historias que el azar
decidió rimar sin pedir permiso,
dos latidos aprendiendo
que quererse también es
contar el tiempo en suspiros compartidos.
Si algún día el cielo olvida su color
y los atardeceres se vuelven ceniza,
yo cerraré los ojos
y seguirás apareciendo
con tu luz tibia,
con tu risa encendida,
con ese incendio dulce
que solo el amor sabe pronunciar.
Porque desde que existes en mi memoria,
el naranja ya no es un color:
es la forma que tiene mi alma
de recordarte,
de buscarte en cada tarde,
de volver a besarte
aunque el tiempo intente
enseñarme a olvidarte.