LOS ULTIMOS DÍAS DE MONSEÑOR OSCAR ARNULFO ROMERO

JUSTO ALDÚ



LOS ULTIMOS DÍAS DE MONSEÑOR OSCAR ARNULFO ROMERO

“En el día del amor y la amistad, recordemos que el amor más grande

no es el que susurra promesas, sino el que, como el de Mons. Óscar Arnulfo Romero

se atreve a decir “no matarás” aun cuando el eco de esa verdad pueda costarle la vida,

porque amar al prójimo es defenderlo incluso frente a las balas”

 

En los últimos meses de su vida, Monseñor Óscar Arnulfo Romero caminaba con la serenidad de quien intuye el peligro, pero no retrocede. Había regresado a su país con el peso de Roma en los hombros y el polvo de El Salvador en los zapatos. Nacido en Ciudad Barrios y formado en Europa, volvió para encontrarse con una nación que ya no era solo campanas y cosechas, sino listas de muertos, madres con fotografías y nombres que no regresaban. Primero fue obispo auxiliar en San Salvador; luego, obispo de Santiago de María, donde el dolor rural le enseñó que la teología también se escribe con tierra en las manos. Cuando en 1977 fue nombrado arzobispo de San Salvador, la mitra no fue una distinción: fue una exposición pública al conflicto.

Desde su regreso como obispo en 1970, recorrió pueblos y cantones como San Miguel, Chinameca, Jucuapa, Aguilares y Ciudad Delgado. Predicó entre cafetales, fábricas y barrios populares, escuchando más silencios que palabras. Allí comprendió que el Evangelio, en tiempos de guerra, se convierte en una forma de denuncia. El asesinato de su amigo, el padre Rutilio Grande, marcó un punto de quiebre definitivo: desde entonces, Romero dejó de ser solo un pastor prudente y asumió una voz profética que incomodó a los poderes armados.

En su despacho, poco antes del desenlace, comentó a un joven sacerdote, con voz serena:

—Cuando uno dice la verdad en un país enfermo, la verdad se vuelve sentencia.

El 23 de marzo de 1980, su homilía fue transmitida por radio a todo el país. En ella, Romero pronunció palabras que quedaron inscritas en la historia moral de El Salvador:

—Hermanos, en nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, les suplico, les ruego, les ordeno: ¡cese la represión! Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Ningún hombre debe matar a su hermano. ¡No matarás!

Aquellas palabras atravesaron cuarteles, hogares y conciencias. Para algunos soldados, significaron duda; para otros, provocación. En un despacho oficial, un militar preguntó en voz baja a un político:

—¿Qué haremos con ese padre sedicioso?

La respuesta no fue verbal. El político deslizó el pulgar por su garganta. El gesto bastó.

Al día siguiente, 24 de marzo de 1980, alrededor de las 6:30 de la tarde, Romero celebraba misa en la capilla del Hospital de la Divina Providencia, en San Salvador. Vestía con sencillez, sin solemnidades, como quien oficia para los pobres. A su lado, un monaguillo sostenía el misal. Cuando Romero alzó el cáliz, el tiempo pareció suspendido.

Los disparos rompieron el silencio. Romero cayó junto al altar. El monaguillo también cayó.
El cáliz rodó por el suelo, mezclando vino y sangre, y la liturgia se convirtió en testimonio.

La noticia recorrió el país con velocidad y estupor. En mercados, barrios y pueblos donde había predicado —Santiago de María, San Miguel, Aguilares, Soyapango, Ciudad Delgado— se encendieron velas y se levantaron voces. “Mataron al santo”, se repetía. Para el pueblo, Romero dejó de ser solo un arzobispo: se convirtió en símbolo.

Con los años, las armas se oxidaron, pero la figura de Romero no se desvaneció. En 2018, el Vaticano confirmó lo que el pueblo había proclamado desde 1980: Óscar Arnulfo Romero fue declarado santo. No como un gesto político, sino como reconocimiento tardío a una vida entregada a la defensa de los más vulnerables.

Hoy, su nombre permanece como advertencia y como promesa. Advertencia para quienes creen que una bala puede borrar una voz. Promesa para quienes saben que hay palabras que sobreviven al plomo.

Hay cientos de relatos, crónicas, entrevistas y artículos que hablan de su vida y de su obra. Este texto es solo uno más: una aproximación, un trazo literario que apenas roza la dimensión de un hombre extraordinario y el legado profundo que dejó al pueblo salvadoreño y al mundo entero.

La enseñanza permanece: decir no matarás en un país armado puede costar la vida, pero callarlo puede costar el alma de una nación.

Porque a Romero lo asesinaron por obedecer a su conciencia.
Y en esa obediencia radical, dejó una herencia que aún incomoda:


Una fe que no se arrodilla ante las balas.

Como en muchas tragedias que se quieren enterrar bajo el polvo del tiempo, no existe un juicio penal definitivo que haya condenado plenamente a los responsables del asesinato de Óscar Arnulfo Romero, pero sí hay investigaciones serias que arrojan luz sobre lo que sucedió:

Orden intelectual: Un informe de la Comisión de la Verdad de las Naciones Unidas concluyó que el ex-mayor salvadoreño Roberto D’Aubuisson, líder de los escuadrones de la muerte y político de derecha, dio la orden de asesinar a Romero.

Planeación y ejecución: Esa comisión, junto con otras investigaciones, identificó a varios oficiales (entre ellos los capitanes Álvaro Saravia y Eduardo Ávila) como participantes en la planificación del crimen.

Asesino material: El informe de la comisión no logró identificar con certeza al francotirador que apretó el gatillo; es decir, no se ha confirmado de manera legal quién fue el autor material.

Acciones judiciales en el extranjero: En un tribunal civil de Estados Unidos, Álvaro Saravia fue hallado responsable en una demanda por el asesinato, y D’Aubuisson fue señalado como autor intelectual, pero ninguno fue procesado penalmente en El Salvador antes de morir; D’Aubuisson falleció en 1992 y Romero sigue sin justicia penal completa.

En resumen, las pesquisas serias identifican quién ordenó el crimen y a varios implicados en su ejecución, pero no hay una sentencia penal firme sobre el tirador ni un enjuiciamiento general que cierre oficialmente el caso.

La indignación no debería tener doble rasero ni calendario político. Cuando se desacreditan los organismos de derechos humanos por considerarlos incómodos o “parciales”, pero luego se exige su intervención tras tragedias como el asesinato de Mons. Oscar Romero o los niños en Ecuador, lo que queda en evidencia no es la debilidad de esos organismos, sino la fragilidad del compromiso con los principios.

Los derechos humanos no son una bandera que se agita solo cuando conviene; son un marco permanente para proteger la vida, especialmente la de los más vulnerables. Si se reclama justicia internacional cuando el horror toca fibras profundas —como ocurre ante la muerte violenta de menores (Ecuador) —, también debe aceptarse su legitimidad cuando investigan abusos, denuncian excesos o cuestionan al poder.

La coherencia exige algo sencillo y a la vez difícil: defender la institucionalidad de los derechos humanos siempre, no solo cuando el dolor nos conviene.

JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026

 

*En esta crónica pueden existir algunas imprecisiones, si es así, agradezco sus aportes y dispensa.

 

 

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Comentarios +

Comentarios11

  • Lualpri

    Un abrazo a distancia, estimado amigo Justo.

    Buen finde y gracias por tu aporte literario.

    • JUSTO ALDÚ

      Gracias Luis, que tengas un buen día también.

      Saludos

    • Nelaery

      En este escrito se expone el asesinato del arzobispo Óscar Arnulfo Romero de forma criminal, como todos los asesinatos.
      Se lo asesinó por defender uno de los mandamientos: No matarás.
      Su valiente y sicera petición, fue respondida de forma cruel y cobarde. Porque,, hay que ser cobardes para mandar matar a alguien que no podía defenderse.
      Como a él, a otros tantos inocentes, como si pensaran que así, van a callar la verdad.
      En esta vida hay gente que señala y otros ejecutan para ocultar la injusticia y encubrirla.
      Esto sucede en todos los ámbitos. Si un periodista denuncia ilegalidades, se le acosa sin piedad, se le insulta y muchos se ríen y repiten el insulto.
      En los juzgados, en muchas ocasiones, no siempre, , se juzga a inocentes y se los condena injustamente.
      Se premia a los corruptos.
      Muchas gracias por tus reflexivas palabras, Justo.
      Saludos.

      • JUSTO ALDÚ

        Gracias por tu reflexión tan clara y sentida. El asesinato de Óscar Arnulfo Romero fue, como bien dices, un crimen cobarde contra alguien que no empuñaba más arma que su voz y su conciencia. Su llamado a respetar la vida y a frenar la violencia no fue político en esencia, sino profundamente humano, y por eso resultó tan incómodo para quienes necesitaban silenciarlo.

        También es cierto que ese mecanismo —señalar, acosar, desacreditar o eliminar a quien denuncia— no pertenece solo a un momento histórico ni a un país; aparece en distintos ámbitos cuando la verdad amenaza intereses. Por eso recordar a figuras como Romero no es solo un acto de memoria, sino una forma de afirmar que la justicia y la dignidad no deberían depender del miedo ni del poder.

        Gracias a ti por tus palabras y por sumar una mirada comprometida y reflexiva.
        Un saludo cordial.

        • Nelaery

          Gracias a ti, Justo.
          Un abrazo cordial.

        • El Hombre de la Rosa

          Esplendida y grata forma de plasmar tus sabias letras estimado poeta y amigo Panameño Justo Aldú
          Recibe un abrazo desde España
          El Hombre de la Rosa

          • JUSTO ALDÚ

            Muchas gracias amigo Críspulo por tu visita, lectura y comentario.

            Saludos hasta España desde Panamá.

          • JoseAn100

            No conozco en demasía la historia del Salvador.. pero si se que cuando era pequeño estaba en guerra continua.. y mataron a varios religiosos. También me suena alguno español.. Creo que la labor misionera de la Iglesia en los últimos años es mas vocacional y la iglesia ha ido mejorando, porque sin duda el mensaje católico si esta bien interpretado es bueno.. Se que con este escrito como comentas no defiendes a la iglesia, sino la historia de ese hombre católico y bueno que prefiero estar con su pueblo aun a costa de su vida. Con lo cual fue sin duda un valiente que probablemente o seguro, era consciente de su destino. Es bueno recordar a todos esos hombres que mueren por defender sus ideales pacíficos. Parece, no seguro, que el mundo occidental conocemos mas los mártires del primer mundo.. Muy interesante escrito, Justo, como siempre. Un honor y saludo. José Ángel.

            • JUSTO ALDÚ

              José Ángel, gracias por tu reflexión tan serena. Solo añadiría algunos matices que ayudan a encuadrar mejor la historia: Óscar Arnulfo Romero era salvadoreño, profundamente ligado a su pueblo, y precisamente por esa cercanía decidió no abandonarles, aun sabiendo que su voz incómoda podía costarle la vida. Su figura se entiende dentro de una Centroamérica herida por la violencia de aquellos años.

              En la región se cometieron atrocidades estremecedoras, como la masacre de Las Dos Erres (Guatemala, 1982), donde unas doscientas personas fueron asesinadas y arrojadas a un pozo. Parte de los militares implicados habían recibido formación en la School of the Americas, rebautizada como "Escuela de Asesinos" entonces ubicada en la zona del Canal de Panamá, institución muy controvertida por su relación con violaciones de derechos humanos en distintos países latinoamericanos.

              Por otro lado, también es cierto que en tiempos recientes la Iglesia ha enfrentado una crisis grave por los casos de pederastia y encubrimiento que han salido a la luz. Esa realidad ha golpeado su credibilidad y obliga a una revisión profunda. Sin embargo, junto a esas sombras siguen existiendo sacerdotes y misioneros cuya vocación es auténtica y silenciosa, fiel al mensaje de justicia y compasión que, bien vivido, puede ser luminoso.

              Tu lectura es justa: recordar a Romero no es defender una institución, sino honrar a un hombre que eligió la coherencia moral antes que la seguridad personal. Y esa valentía, venga de donde venga, merece ser nombrada para que la memoria no se vuelva muda.

              Un abrazo grande y gracias por tu mirada siempre respetuosa.

            • Marie Paule

              Una canción francesa dice :
              Le premier qui dit la vérité
              Il doit être exécuté.
              Al primer que dice la verdad
              Hay que ejecutarlo.

              Son tantos, demasiados.

              Gracias a todos los que defienden el amor y la verdad a riesgo de su vida.

              Y gracias a tí por este homenaje.

              Un saludo cordial.

              Marie Paule

              PD
              "¿Al" primero, o "el" primero? 🤔

              • JUSTO ALDÚ

                Marie Paule, gracias por tus palabras y por traer esa cita tan certera: quien se atreve a decir la verdad suele pagar un precio alto. La historia está llena de ejemplos, y también el presente.

                Es importante distinguir, como señalas, entre aquellos clérigos que vivieron junto a su pueblo —muchos de ellos hasta dar la vida por la justicia y la dignidad humana— y la realidad dolorosa que enfrenta hoy la Iglesia moderna, sacudida por numerosos casos de pederastia y por el daño causado a tantas víctimas. Reconocer esa crisis no niega el testimonio de los sacerdotes comprometidos; al contrario, resalta aún más el valor de quienes encarnaron el servicio auténtico y la coherencia moral.

                Gracias a ti por valorar el homenaje y por recordar que defender el amor y la verdad sigue siendo un acto de valentía necesario.

                Y sobre tu posdata: lo correcto es “el primero”, porque funciona como sujeto de la frase (“el primero que dice la verdad…”).

                Un saludo muy cordial y un abrazo agradecido.

              • Javier Julián Enríquez

                Muchas gracias, amigo JUSTO, por esta extraordinaria y emotiva Crónica Periodística-Literaria que tiene como objetivo honrar la memoria de una persona excepcional y su profundo impacto en la sociedad salvadoreña y en el contexto global, Monseñor Óscar Arnulfo Romero. En este sentido, creo que la premisa fundamental que se desprende de este análisis radica en que la defensa del principio ético de «no matarás» puede acarrear consecuencias fatales, mientras que su silenciamiento puede tener un impacto significativo en la integridad moral de una nación. En relación con esto, el análisis de los hechos revela que Monseñor Romero fue asesinado por su conciencia, lo que ha dejado una herencia que aún desafía el statu quo: una fe inquebrantable que no se doblega ante la opresión. Considerando esto, la coherencia, como imperativo moral y filosófico, requiere la protección inquebrantable de la institucionalidad de los derechos humanos, trascendiendo de este modo las consideraciones políticas coyunturales. Por ende, la justicia internacional, a pesar de las posibles reservas que pueda suscitar, se erige como un elemento fundamental para la protección de la vida y la denuncia de los abusos de poder. A este respecto, esta crónica revela una profunda advertencia sobre la necesidad imperante de defender los derechos humanos en todo momento, una tarea que, si bien puede parecer sencilla, en realidad es sumamente ardua. Esta defensa incondicional constituye un testimonio de coherencia, un compromiso ético que trasciende el oportunismo y se fundamenta en la dignidad inherente a la condición humana.
                Recibe un cordial saludo y fuerte abrazo con mi más afectuoso aprecio

                • JUSTO ALDÚ

                  Amigo, recibo tus palabras con sincera gratitud y con la sensación de que has penetrado en la sustancia moral que da sentido a la crónica. Has expresado con admirable claridad esa paradoja trágica: que sostener el mandamiento más elemental —defender la vida— pueda convertirse en una sentencia de muerte, mientras que callarlo erosiona silenciosamente el alma de una nación.

                  La figura de Óscar Arnulfo Romero permanece precisamente por esa coherencia radical que señalas: no fue solo un pastor que habló, sino una conciencia que no aceptó negociar la dignidad humana. Su legado, más que histórico, es ético: demuestra que la fe, cuando es auténtica, no se repliega ante el poder ni se acomoda a la conveniencia, sino que se convierte en voz para quienes no pueden alzarla.

                  Coincido contigo en que la defensa de los derechos humanos exige una lealtad que trascienda coyunturas políticas y simpatías ideológicas. Sin esa coherencia, la justicia se vuelve frágil y la institucionalidad pierde su sentido. Por eso, aun con sus imperfecciones, los mecanismos de justicia internacional representan una barrera necesaria frente al abuso y una memoria activa contra el olvido.

                  Tu lectura subraya con precisión que esta tarea no es sencilla ni cómoda: implica vigilancia moral, compromiso constante y, a veces, la valentía de sostener principios cuando resultan incómodos. En esa fidelidad a la dignidad humana reside, como bien dices, la verdadera medida de una sociedad.

                  Gracias por tu análisis profundo, por tu generosidad y por acompañar estas letras con pensamiento y afecto.
                  Recibe también mi cordial saludo y un fuerte abrazo, con todo mi aprecio.

                  Saludos JAVIER JULIÁN

                • Freddy Kalvo

                  Agradecido con tu aporte mi apreciado JUSTO ALDÚ. Hay un libro de María López Vigil que se titula: "Piezas para un retrato". No sé si ya lo leíste y si lo utilizaste como fuente de consulta; en todo caso, te dejo un enlace para acceder a él en Scribd. https://es.scribd.com/document/380372788/Piezas-Para-Un-Retrato-pdf.

                  Gracias por traer a la memoria a un hombre que dio su vida por su gente, por el pueblo, por los pobres.

                  Un abrazo fraterno.

                  • JUSTO ALDÚ

                    De nada Freddy, al escribir pensé mucho en mis hermanos centroamericanos, pensé mucho en personas que como tu son ejes de la cultura de un país como El Salvador, aunque Monseñor Romero se erija hoy día como un santo mundial.
                    No, no lo he leído y gracias por recomendarmelo. Como digo, hay cientos de relatos y anécdotas, incluso libros sobre el mismo. Esto solo es uno más en el conglomerado que me sirvió como marco referencial para el DIA DEL AMOR Y LA AMISTAD, pues no hay amor más grande que quien da la vida por sus semejantes.

                    Un fuerte abrazo y que pases un feliz día.

                    JUSTO.

                  • CARMEN DIEZ TORÍO

                    En este día tan especial del amor, querido amigo y poeta, creo que has escrito un testimonio a ese AMOR con mayúsculas, ese que a veces olvidamos: el de quien da su vida por los demás. Este es el claro ejemplo que hoy nos muestras magníficamente en tu escrito. En el se respira una sola palabra, aunque no siempre la nombre: amor. No un amor sentimental, ni abstracto, ni cómodo, sino un amor que asume consecuencias. Un amor que se vuelve verbo, mandato y riesgo. Un amor que, como en la vida de Óscar Arnulfo Romero, no susurra: se expone. Tu relato no construye un héroe; construye una fidelidad. Y esa fidelidad tiene raíz amorosa. Desde el inicio se percibe que no hablas del amor como emoción, sino como decisión moral. Romero vuelve a El Salvador —a San Salvador y a los pueblos rurales— no porque ignore el peligro, sino porque ama lo suficiente como para no abandonarlo. El amor aquí no es huida, es permanencia. Camina con “el polvo de El Salvador en los zapatos”: imagen hermosa, porque el amor verdadero siempre se ensucia con la tierra del otro. Aquí el amor se revela como verdad incómoda. Amar al prójimo implica decir la verdad que lo defiende. El amor no adula al poder; lo confronta cuando hiere. No se arrodilla ante las balas, porque sabe que hacerlo ante la injusticia sería traicionar al hermano. El momento culminante —“¡No matarás!”— es quizá la forma más pura de amor político que puede pronunciarse. No es un discurso estratégico, sino un acto de amor radical: recordar al soldado que también tiene alma, que también es hermano. En la escena del asesinato, el cáliz que rueda mezclando vino y sangre no es solo un símbolo litúrgico: es metáfora del amor llevado hasta el extremo. El vino —alegría, alianza, comunidad— se mezcla con la sangre —dolor, sacrificio, ruptura—. El amor, en tu texto, no es abstracto: se derrama, se vuelve cuerpo, se vuelve herida y, sin embargo, no se extingue. Y llegamos al núcleo final: la coherencia en la defensa de los derechos humanos. Aquí tu texto se vuelve contemporáneo y profundamente amoroso, porque el amor no tiene doble rasero. Si se defiende la vida cuando conviene, pero se relativiza cuando incomoda, no es amor: es cálculo. Amar es sostener el principio incluso cuando el beneficiario no nos resulta simpático. El amor verdadero es imparcial porque ve dignidad, no conveniencia. Hay una frase que resume toda la arquitectura del texto:“Callarlo puede costar el alma de una nación.” Amar a un país es impedir que se acostumbre a la muerte. Amar a un pueblo es recordarle que no nació para odiar. En tu escrito no hay un amor romántico; hay un amor ético. No es un amor suave; es un amor firme. No es un amor que solo consuela; es un amor que también incomoda. En última instancia, tu texto afirma que amar es obedecer a la conciencia incluso cuando el precio es la vida. Y esa es la forma más alta del amor: no la que busca ser recordada, sino la que busca ser fiel.Porque, como bien sugieres, las balas pueden atravesar el cuerpo, pero no pueden perforar una verdad pronunciada desde el amor.Y en esa permanencia —más fuerte que el plomo— está la victoria silenciosa del amor. Siempe un lujo deleitarse con tus letras , querido amigo: son una fuente inagotable de temas que atrapan de principio a fin y una fuente inagotable de buena literatura y buen hacer. Gracias por compartir. Feliz día del amor y la amistad. Un abrazo

                    • JUSTO ALDÚ

                      Querida amiga CARMEN, he leído tu comentario con una emoción profunda, de esas que obligan a detenerse un instante para agradecer no solo las palabras, sino la mirada que las sostiene. Has comprendido con una claridad admirable que el corazón del relato no era la biografía de un hombre, sino la encarnación de un amor que no se queda en sentimiento, sino que se convierte en decisión, en permanencia y en riesgo.

                      Tu lectura capta con precisión esa idea esencial: el amor que importa no es el que se declara cómodo, sino el que se mantiene cuando el suelo arde. Ese amor que no se disfraza de discurso, sino que pisa la tierra, se mancha con el polvo del pueblo y se mantiene fiel aun cuando sabe que la fidelidad puede costarle todo. Has señalado con gran lucidez que no se trata de heroísmo construido, sino de coherencia vivida; y la coherencia, cuando nace del amor, tiene una fuerza serena que ninguna violencia logra borrar.

                      Me conmueve especialmente cómo resaltas que el amor, en este contexto, no es parcial ni utilitario, sino ético. Ese amor que no mide simpatías, que no negocia la dignidad, que no calla ante la injusticia porque callar sería traicionar. En efecto, cuando el amor se vuelve conciencia, deja de ser una emoción pasajera y se transforma en una forma de verdad vivida. Y esa verdad —como tan bien dices— puede ser herida en el cuerpo, pero no silenciada en su esencia.

                      Que encuentres en el texto esa corriente viva de sentido, esa defensa del amor como fidelidad a la vida y a la justicia, es para mí el mayor regalo que puede recibir quien escribe. Porque la literatura solo se completa cuando alguien la lee con el alma abierta, y tu lectura ha sido de una generosidad luminosa.

                      Gracias por tu sensibilidad, por tu profundidad y por acompañar estas letras con tanto cariño en un día que celebra precisamente eso: el amor que se da, que sostiene y que permanece.

                      Recibe, en este día del amor y la amistad, un abrazo bien estrecho y lleno de gratitud. 🌹👌

                    • LOURDES TARRATS

                      Querido Justo,
                      Tu crónica es memoria histórica y conciencia escrita. Has logrado algo difícil: narrar con serenidad un hecho que sigue ardiendo en la historia de América Latina. No conviertes a Romero en estatua, lo devuelves al pulso humano —al hombre que sabía que la verdad, en ciertos contextos, se vuelve sentencia.
                      Me impresiona la claridad con la que entrelazas historia, ética y responsabilidad política sin caer en el panfleto. Tu texto sostiene sin escándalos. Y precisamente por eso impacta más. La frase final —esa fe que no se arrodilla ante las balas— resume no solo a Romero, sino también la exigencia moral que planteas al lector.
                      Además, tu reflexión sobre los derechos humanos introduce una dimensión contemporánea que incomoda con elegancia: la coherencia no puede ser selectiva. Esa es una tesis fuerte, y la defiendes con sobriedad.
                      Gracias por escribir desde la responsabilidad intelectual y desde la memoria. Textos así informan y forman.
                      Un abrazo con respeto y admiración. Cariños.

                      —LOURDES

                      Poetas somos…

                      • JUSTO ALDÚ

                        Querida Lourdes,

                        Gracias por tus palabras, que leo con sincera gratitud y aprecio. Dejo constancia, antes de continuar, de que sobre este tema existe abundante bibliografía, artículos, libros y referencias; esta es solo una más que quise traer para enaltecer el Día del Amor y la Amistad desde la memoria, la reflexión y el compromiso humano.

                        Valoro profundamente la atención y la sensibilidad con que has recibido la crónica. Mi propósito fue justamente acercarme al pulso humano de la historia, sin estridencias, intentando que la serenidad del relato permitiera que la conciencia hablara por sí misma. Saber que esa intención llega al lector y provoca reflexión es, sin duda, la mayor recompensa.

                        Tus palabras animan a seguir escribiendo desde la responsabilidad intelectual y desde la memoria viva, entendiendo que cada texto es también un diálogo con quienes leen y sienten.

                        Gracias por tu generosidad, por tu lectura cuidadosa y por el afecto que transmites.

                        Un abrazo respetuoso y fraterno,
                        Justo Aldú

                        • LOURDES TARRATS

                          Gracias a ti, amigo, por escribir.
                          Portas somos....

                        • David Arthur

                          Sumamente triste Justo, tu homenaje a Monseñor Oscar Arnulfo Romero, asesinado, junto con un monaguillo, en el altar de una iglesia. Y hasta hoy en día la falta de la justicia por este despreciable crimen de cobardía por parte del gobierno y militar de aquel entonces en El Salvador.

                          ¿como ocurre ante la muerte violenta de menores (Ecuador)?
                          Y la desaparición de los jóvenes en el autobus en Mexico.

                          Un abrazo amigo escritor
                          David




                          • JUSTO ALDÚ

                            Muchas gracias David por tu lectura y comentario. Hay abundante literatura sobre estos hechos. Lo traje a colacion por ser un ejemplo de amor hacia los semejantes en el día del amor y la amistad. No solo el amor entre parejas o de padres a hijos y viceversa.

                            Saludos

                          • Aqua Marina

                            Me encantó, de principio a fin!!!
                            Mis aplausos!!!

                            • JUSTO ALDÚ

                              Muchas gracias amiga. Solo quise refrescar un poco la memoria. Nosotros conocemos muy bien los hechos por ser centroamericanos, pero muchos no lo conocen o no tuvieron nunca conocimiento de ello.

                              Saludos



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